Leer mal, improvisar bien

Para mi querida Emilia Landaluce, en su columna de El Mundo, “Obama no dijo nada interesante en su día español. Una obviedad tras otra”.

Peor Felipe VI, digo yo, que, siendo como es el “preparao” tuvo que recurrir a una “chuleta” para leer y mal una brevísima serie de obviedades. Mejor haberlas improvisado.

Pero, es de sobra conocido, que ni su padre, el rey Juan Carlos I, ni él son precisamente Demóstenes, a la hora de hablar. Y eso que Felipe tiene una magnífica profesora, experta en la materia, desde su época de locutora, primero de radio y luego en la tele. A pesar de los diez años transcurridos, sigue regalándonos, cuando lee, esos gallitos de siempre.

Leer es muy difícil. Más difícil que improvisar cuando no se está dotado para ello. Pero lo que se pide es que, lo que se lea, no sea un cúmulo de obviedades, como las del rey ante el presidente Obama.

Aunque a mi compañera no le guste lo que dijo el Presidente, tendrá que reconocer conmigo que fue un magnífico discurso improvisado, no leído, lleno de anécdotas y ofreciendo a la prensa lo que tanto agradecemos: titulares con palabras nuevas sobre el sueño americano.

“La primera vez que estuve en Madrid no vine en el Air Force One. Era joven, llevaba una mochila a la espalda, iba andando a todas partes y comía en plan barato. Nunca pensé que, un día, sería recibido por el rey”.

No hay duda, como ha escrito alguien, que “Obama es, en buena medida, el poder de la oratoria”.

Mientras, el discurso, leído y mal leído del rey, estuvo lleno de los tópicos de siempre: “Principios, valores, intereses, vínculos entre las dos naciones, que se respetan, mirar juntos al futuro, país amigo, por supuesto agradecimiento por la visita y bla, bla, bla” . Me gustaría saber quien le escribió este “buen discurso” de diez líneas.

En cambio, estoy de acuerdo con la compañera cuando critica a aquellos periodistas que escribieron que, “el abanico de la vicepresidenta distrajo la atención de la ceremonia de bienvenida en la base de Torrejón”, cuando se abanicaba con repajolera gracia. Y es que, queridos amigos, de cortesanos la profesión está llena.

Lo que hay que reconocer, con motivo de la visita oficial del rey del mundo, que la Casa Real ha impuesto un nuevo formato de bienvenida. No solo a pie de avión, como antaño, sino, incluso, saliendo al Patio de la Armería para recibir al invitado.

Y es que ya lo dijo Felipe en su día; “cuando sea rey, reinaré de manera diferente a mi padre”. Me parece muy bien, a nuevos tiempos, nuevas formas, pero sería de desear que tuviera bien presente cómo lidiaría su padre la actual situación de ingobernabilidad que tiene el país. Para empezar, les reuniría a todos y no levantaría la sesión hasta haber elegido un presidente.

Me entristece la forma en la que los políticos le ningunean, sin tener presente que la Constitución le ampara como árbitro y moderador. Pero el pobre no sabe qué pito tocar, si es que lo tiene.