Samantha, la sufridora esposa

Dicen que la victoria tiene centenares de padres mientras la derrota es huérfana. Huérfana parecía Samantha a la puerta del 10 de Downing Street, junto a David Cameron, el irresponsable, insensato, engreído y suicida de su marido.

Hasta ese momento, era uno de los líderes más carismáticos del mundo. Su presencia en el G-5, G-7 ó G-20 era obligada. Sin él, no era igual.

Pero, de la noche a la mañana, no solo es la vergüenza del Reino Unido sino de su esposa, quien, a sus 45 años, y 26 de matrimonio, no ha podido evitar que el país entero viera sus lágrimas a la puerta de la casa que ha sido su hogar durante seis años.

Frente a la tierna y amorosa imagen de Elvira, abrazada a su esposo, Mariano Rajoy, después de recibir un beso en la boca, en la concurridísima balconada de la sede del PP (tal parecía la de Buckingham Palace), nos encontramos, el mismo día, la de Samantha, apoyando con su dramática y silente presencia a su marido, en la solitaria puerta de Downing Street.

Samantha tal parecía no querer más que recibir una limosna a su pena, sin importarle que todo el mundo, a través de las televisiones que se agolpaban en la acera de enfrente, la vieran llorar. Su dolor estaba a la vista. No le importaba que la vieran sufrir la derrota de su marido. Lo hacía con dignidad. Porque esta tiene una dignidad que la victoria no conoce.

María Luisa Funes, experta en moda de ABC, escribía que lo hacía con “un glamour poco afectado, con un vestido que iba de la falda color coral al top blanco y a la cintura de tonos celestes. 1,084 euros el modelo”.

Samantha, de todas las primeras damas británicas que han pasado por el 10 de Downing Street, ha sido la más discreta. Tardó tres años en ser visible. Casi no se la conocía como tal. Para empezar, intentó mantener a la familia en su casa de Notting Hill. Pero, al final, tuvo que aceptar trasladarse a la mansión presidencial, de la que ahora sale y no de una manera muy airosa en cuanto a su marido se refiere.

Algunos la comparan con la mujer de Major. Como ella, es alérgica a la publicidad, a la prensa y protectora de la intimidad de sus tres hijos, Nacy, Arthur y Florence.

Incluso durante las vacaciones estivales que gustaba disfrutar en España, unas veces Lanzarote (en un refugio rural de 243 euros) y otras en Ibiza, no permitía se fotografiara a la familia.

Samantha nada que ver con Claire Blair, tan polémica y brillante abogada. Por supuesto, tampoco con Margaret Thatcher, la otra inquilina de Downing Street como Primer Ministro (la “primera dama”, en este caso, era Denis, su marido), que odiaba a la prensa tanto como Samantha.

Cierto es que la derrota, por desgracia, no engrandece a nadie. Pero enseña a aprender, a sufrirla y a aceptarla con dignidad.