La boda y el padre Lezama

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Confieso ser católico practicante. Pero me aburre y, a veces, me indignan los sermones de los curas en los funerales y en las bodas. Siempre las mismas generalidades, que no genialidades, los mismos tópicos, las mismas frases hechas, las mismas tonterías, sin tener en cuenta que el roce de ciertas palabras solo engendran sufrimiento. A lo peor, algunos ni en ellas creen, a fuerza de repetirlas. Son, lo que yo llamo, palabras a la deriva.

Cuando se trata de un funeral, a veces, ofenden a la familia del fallecido, de la manera más vulgar y dolorosa sin tomar conciencia del vacío que la muerte ha dejado en aquellas personas que le amaron y que solamente el tiempo puede aliviar esa ausencia.

Cuando les oigo, no puedo evitar acordarme siempre del día que murió, repentinamente, la jovencísima esposa, 40 años, de un conocido exministro, víctima de un derrame cerebral tras dar a luz a su quinto hijo. No era de recibo hablar y alegrarse porque ella ya estaba en el cielo, cuando la única verdad es que cinco criaturitas no volverían a ver a mamá, jamás, en sus vidas. En esos casos, el mejor uso que se puede hacer de las palabras, es callarse.

Si se trata de una boda, los tópicos no es que aburran es que llegan a ofender. ¡Que sabrán los curas del desgaste y de la vulgaridad de la convivencia, de las crisis, del desamor, de los celos! De todo esto hay que prevenir a los novios para que no suceda.

Por primera vez, y con motivo de la boda del hijo del periodista Pepe Oneto, un queridísimo amigo (¡ay, que viejos nos sentimos cuando los hijos de los amigos empiezan a casarse!), me he sentido identificado con las palabras del oficiante. No solo yo sino todos los que nos encontrábamos en el madrileño templo de Los Jerónimos.

Porque, las palabras que Luis Lezama, párroco, empresario, hostelero, escritor pero, sobre todo, cura, un buen cura, dirigió a los novios Erick Oneto y Ana San Román, eran palabras que olían a plato, a pan, a ropa blanca, a fuego de leña. Palabras de todos los días. No estaban adornadas, que no suelen ser sinceras, sino bien sentidas y mejor escuchadas por una audiencia participativa que reía y se emocionaba.

En la boda oficiada por el cura Lezama, como se le conoce, el verbo se hizo carne hablando no como un cura sino como un hombre, un amigo. No para cubrir la verdad con palabras adornadas que no suelen ser sinceras sino para decir, con sencillez, a Erick y a Ana lo que les esperaba casándose.

Sus palabras se adueñaron del corazón de los novios y de todos los que allí estábamos y a los que nos pidió aplaudiéramos cuando se dieron el “sí”. ¡Qué momentazo!