La novia cabreada

En Granada tenía que ser. Si no en la ciudad de La Alhambra , si en un pueblecito a 30 kilómetros del poniente granadino, Íllora (10,500 habitantes), donde los Wellesley tienen una gran finca ó cortijo, de 950 hectáreas. Se trata de un regalo que las Cortes de Cádiz hicieron al primer duque de Wellington, por su ayuda militar a España contra los franceses en la guerra de la Independencia. Los habitantes de hoy, piden la devolución al municipio de la propiedad , llamada el “Gibraltar granadino”. Ganas de decir tonterías y de incordiar.

En la iglesia de este pueblecito, se celebró el pasado sábado una gran boda . Si no real, si podemos calificarla del año: La de Lady Charlotte Wellesley, de 24 años, hija del duque, con Alejandro Santo Domingo, de 38, tío de Tatiana, la esposa de Andrea Casiraghi, hijo de Carolina de Mónaco.

Aunque los habitantes esperaban mucho de esta boda, lo cierto es que poco ó nada recibieron. Ni siquiera las casas rurales se alquilaron. Todos los invitados se hospedaron en el Alhambra Palace de Granada, donde coincidí con algunos, siendo trasladados en autobuses hasta Íllora.

Pero, el pueblo se divirtió con la llegada de los más ó menos famosos, aunque no identificaban a nadie. Ya se sabe, las gentes de los pueblos solo reconocen a los que ven en la tele, a los que ven en “Sálvame”.

Los únicos conocidos, independiente de los novios, el rey don Juan Carlos, gran amigo del padre de la novia , y Camilla Parker, esposa del príncipe Carlos de Inglaterra.

La duquesa de Cornualles ya conocía la finca, adonde se refugió el día de los funerales de Diana, huyendo de la histeria colectiva de los británicos, que la hicieron responsable de la muerte de la desgraciada Lady Di. De haber podido, la habrían colgado en la Torre de Londres.

El rey emérito y la consorte del Príncipe de Gales, actuaron de pareja, sorprendiendo las atenciones y la cortesía que don Juan Carlos tuvo para Camilla, ayudándole, en todo momento, a subir y bajas escalones. Tal cosa no se ha visto nunca hiciera con doña Sofía, a quien ha llegado a despreciar en público, como hemos visto, recientemente durante su estancia juntos, un decir, en Estocolmo.

Pero esta boda quedará en el recuerdo de todo el mundo, por la bronca pública de la novia, Lady Charlotte, al novio Alejandro Santo Domingo, a la salida de la Iglesia de la Encarnación, de Íllora, donde acababan de casarse. La joven, que debe tener un carácter de armas tomar, no le importó gritarle a su marido, delante de todo el mundo.

Se desconocen los motivos, que debían ser importantes para ella. Sucedió en el momento de subir al coche, para dirigirse al cortijo, donde se celebraría el banquete.

A lo peor fue porque el novio se dispuso a subir en el vehículo sin abrirle antes la puerta a ella. ¡Vaya usted a saber!

Mal empezamos, comentaba la gente, testigo del cabreo de la aristócrata. Lo más curioso era la expresión del novio que soportó los gritos de su esposa sin parpadear. Posiblemente, asustado por la mala educación y la violencia de Charlotte.

Ello me recordó la boda de una pareja en el madrileño templo de Los Jerónimos de Madrid. Visto y no visto. El novio solo permaneció en el altar menos de un minuto. Lo que tardó en tomar a su madre del brazo para abandonar la iglesia.

Al parecer, el novio , un capitán de caballería y, además, con uniforme de gala, le había pisado la cola del vestido a la novia y ésta, al igual que Lady Charlotte, le gritó ¡imbécil!, insulto que pudo escuchar todo el mundo. “Mamá, esta a mi no me llama imbecil”, le dijo a su madre, todo indignado, en el momento de subir al coche.

Nunca supe si regresó de nuevo al templo aquel día ó cualquier otro. Ganas me dieron de ir a preguntarlo. Lo mismo que, en este caso, me gustaría saber cual fue el motivo para que la hija del duque de Wellington le faltara el respeto, públicamente, a su ya marido.