El torero rectifica y se justifica

talavanteLa pasada semana, la columna nos salió muy taurina. La dedicábamos, como los lectores recordarán, a los brindis de los toreros al rey. ¿El motivo? La negativa de Alejandro Talavante de brindarle la muerte de un toro al primer aficionado de España.

Llovía sobre mojado. Tampoco lo hizo José Tomás. No lo ha hecho nunca. El columnista lo achacaba a sus ideas republicanas. Nadie me ha desmentido.

Como rectificar es de sabios y, además, obligado, el torero, que no este periodista, lo ha hecho. Le honra. Y públicamente, por aquello de, si la “ofensa” ha sido pública, la reparación también.

Fue en la corrida del pasado domingo, en Las Ventas, dentro de la feria madrileña de San Isidro. Toreaban Alejandro Talavante, de nazareno y oro; Roca Rey, de canela y oro y Posada de Maravillas, de azul marino y oro.

En la barrera, don Juan Carlos, su hija Elena y su nieta Victoria Federica, que tanto están haciendo por la, todavía, Fiesta Nacional. Mientras, a su hijo Felipe VI y la inefable nuera ni se les ve ni se les espera en una plaza. En esto, Letizia es en lo único que se parece a su real suegra.

Actuó primero, como director de lidia, Talavante que, a la hora de matar el toro de Juan Pedro Domecq, bien presentado pero de escasa fuerza, se dirigió al rey, para excusarse por no haberle brindado antes. Lo hizo, diciéndole: “El otro día, no vi opciones en mi lote, pero hoy, sí y espero poder corresponderle”.

A pesar de sus buenas intenciones, no pudo ser. Pinchazo y media estocada. Silencio. Otra vez será. Pero don Juan Carlos, le agradeció la deferencia, devolviéndole la montera con el obligado regalito.

El peruano Roca Rey, triunfador en su última corrida, fue simpático en el brindis: “En mi nombre y en el de Perú, le invito a la celebración del 250 aniversario de la plaza de Acho”.

Se trata de uno de los cosos más importantes de la América hispana y el más antiguo del continente. Y, como dijo el torero, se inauguró hace dos siglos y medio en Lima.

Fue exactamente el 22 de febrero de 1762, para celebrar, con autorización del rey de España, Carlos III, la llegada del virrey catalán don Manuel Amat i Juniet, famoso por sus amoríos con la mestiza Micaela Villegas, conocida por “La Perrichola”.

Cuando el virrey le pidió a la cortesana ser su amante, ella le respondió que lo sería cuando él pusiera la luna a sus pies. Y le construyó el Palacio de la Quinta, con un gran estanque en el que se reflejaba la luna. Así se la gastaban entonces los virreyes de España.