El consorte que no quería serlo

En el tradicional mensaje de Fin de Año, la reina Margarita de Dinamarca anunció que su marido, el príncipe consorte Henrik, se jubilaba. Fue una noticia tan sorprendente como la que, el hoy rey emérito, Alberto de los belgas, utilizó también el mensaje navideño para reconocer públicamente y por la tele la existencia de una hija, Delphine, fuera de su matrimonio.

El consorte danés ha ido más lejos que su esposa, estos días, anunciando que renuncia a seguir siendo consorte. Es la primera vez que tal cosa sucede en la historia de las monarquías.

No se trata, en modo alguno, de una abdicación. Ni de un divorcio. Simple y sencillamente, de coherencia: si su esposa la reina acepta que se jubile, lo lógico es que él renuncie a su “trabajo”, como consorte. Que nunca le gustó.

Consideraba, con toda lógica, que era discriminatorio y, en modo alguno, democrático. Con toda la razón. Si cuando un hombre accede al trono, su esposa recibe, automáticamente, el estatus de reina, como ha sido el caso de Letizia, por ejemplo, aún siendo la nieta de un taxista, ¿por qué cuando la reina es ella, su esposo ¡nunca! ¡jamás! será rey sino príncipe?

En Europa, actualmente, solo reinan, como titulares y Jefes de Estado, dos mujeres: Isabel II, en el Reino Unido, que este próximo jueves, 21 de abril, cumple, nada menos, que noventa años y Margarita II, en Dinamarca, que el pasado sábado 16 de abril, cumplió setenta y seis años. Las dos soberanas con sus príncipes consortes vivos, Felipe y el citado Henrik.

El tercer consorte europeo era Claus, marido de la hoy reina emérita Beatriz de los Países Bajos, un sufridor y desgraciado consorte que no pudo, no supo o no quiso aceptar su delicado, incómodo y hasta humillante papel de ser, solo, el hombre que se acuesta con la reina.

Porque afirmar que el hombre que se acuesta con la reina, titular y soberana, es el príncipe consorte, estamos afirmando una realidad tan incuestionable como decir que la mujer que yace con el rey, titular y soberano, es… la reina.

Henrik de Dinamarca, nuestro protagonista, no quiso jamás aceptar ser menos que su mujer, estar por debajo de su mujer y permanecer siempre, hasta la muerte, a la sombra de su mujer. Eso sí, viviendo a cuerpo de rey sin serlo.

El consorte solo sirve para depositar en la vagina de la soberana el semen, como un ser intermediario, entre la Institución y su carácter dinástico y la que es su esposa, su mujer.

Henrik confesó que el pueblo danés solo le miró con simpatía el día del nacimiento del heredero. Como era varón y garantizaba la línea sucesoria y la continuidad de la Monarquía “me convertí en Rey por un día”. Pero, luego, se negó a aceptar que su hijo, como Príncipe heredero, estuviera en el protocolo por encima de él, que era su padre.

Por ello, Henrik comenzó a protagonizar sonoras huidas de palacio hacia su país de origen, Francia, porque se sentía humillado, desplazado y “peor tratado que un gato”, en propia expresión. Por todo esto y mucho más, la reina Margarita, que sigue muy enamorada de su marido, ha aceptado, no solo que se jubile, sino que renuncie al título de consorte.

Ya no tendrá que dar explicaciones ni asistir a eventos o recepciones oficiales. Podrá marcharse a sus viñedos en el sur de Francia, que es donde siempre se ha sentido feliz.

“Ya me lo dijo mi padre el día que le anuncié que me casaba con la Reina: tú sabrás lo que haces, hijo mío. Pero no olvides, aunque te cueste y te duela, que, cuando te conviertas en consorte, serás desollado el resto de tu vida, hagas lo que hagas”.

Fin de la historia del consorte que nunca quiso serlo.