El luto quitó la gala

Muchos españoles no quieren hablar de Franco y de su muerte como no sea para recordar la represión y las víctimas. Triste fue el incidente de Bertín Osborne, grande no solo físicamente sino como persona, con la periodista de la SER, Gemma Nierga, tan sectaria ella.

El motivo fue porque en la entrevista que el jerezano le hizo a Carmen Martínez Bordiú, la nietísima, para su programa en TVE En tu casa ó en la mía no fuera más incisivo criticando a su abuelo.

En un momento dado del programa de radio con la Nierga y cuando la tensión y la agresividad de esta se hizo insufrible, Bertín exclamó: “¡Coño! Ya es hora de olvidar. A mi me fusilaron a siete familiares en Paracuellos y jamás he hablado de ello. No podemos estar siempre con la misma canción”.

Para mi, lo mejor de aquella muerte del general, fue que don Juan Carlos se convirtiera , este pasado domingo hizo 40 años, en rey de todos los españoles. No ante los diputados sino ante los procuradores de chaquetas blancas, sotanas púrpuras y uniformes militares.

“No se me ha borrado nunca de la memoria. Nosotros (don Juan Carlos y los tres hijos) entramos por detrás, subiendo por una escalerita fabricada para el acto. Como si saliéramos a un escenario. Y, de pronto, ¡plas! nos encontramos con todas las caras de la nación pegadas a tu nariz. Me quedé sobrecogida. Me había imaginado que la gente estaría más lejos de nosotros”, recuerda la reina emérita a Pilar Urbano.

Lo sorprendente es que aquella solemne ceremonia la vivió como una espectadora. Con un dominio total de su emoción personal. “Fue el único medio de evitar las lágrimas allí, delante de toda la nación”.

Cierto es que a doña Sofía solo se le ha visto llorar, públicamente, una sola vez, con motivo del entierro de su suegro, el conde de Barcelona, en el monasterio de El Escorial. Pienso que en la intimidad habrá llorado mucho, muchísimo. Motivos tiene como sufridora esposa.

En estos cuarenta años han pasado tantas cosas que, ya ni el rey que trajo la democracia lo es. Ha sido sustituido por el hijo, que aquel día 22 de noviembre solo tenía 7 años (hoy 47).

De aquel día guardo dos recuerdos imborrables: las horas que pasé a solas con los nuevos reyes en la soledad del despacho de La Zarzuela (de 7 a 9 de la noche) sin que nadie llamara a aquella puerta ni sonara tampoco el teléfono ni una sola vez. Ha sido lo más importante que ha pasado en mi vida.

El otro recuerdo es el travestismo de doña Sofía. Salió del Palacio de las Cortes, después de la proclamación de los reyes, con un vestido de ceremonia, largo, rojo fucsia, como el revés del capote de un torero y descendió del Rolls Royce, en el Palacio Real, vestida de terciopelo negro de la cabeza a los pies. ¿Qué había pasado?

Lo decidió la noche del 21 al 22. De pronto, aunque con el tiempo suficiente, se dio cuenta que después de la ceremonia en Las Cortes, tenía que ir a orar a la capilla ardiente de Franco, en Palacio. Para solucionar el tema, llamó a sus modistas, las hermanas Molinero, que estuvieron toda la noche confeccionando el abrigo, con ayuda de la princesa Irene, de su cuñada, la reina Ana María y ella misma, por supuesto, ayudando a quitar hilvanes y a sobrehilar. “Fue la noche más larga de mi vida”.

Este abrigo permaneció durante toda la ceremonia y en el recorrido por las calles de Madrid (Plaza de Neptuno, Paseo del Prado, Cibeles, Alcalá, Gran Vía, Plaza de España, Cuesta San Vicente y plaza de la Armería) escondido en el asiento del Rolls.

Antes de descender del coche, a las puertas del Palacio de Oriente, se lo puso sobre el vestido rojo fucsia para entrar en la capilla ardiente de negro. El abrigo era tan largo, que tapaba, incluso, los zapatos del mismo color que el traje.

Nadie se explicaba el travestismo de la nueva reina. El luto quitó la gala pero la gala quitó el luto.