102 muertos en una misión de… paz

En el año 2002 los españoles fuimos engañados, una vez más, por los políticos con la noticia de que España iba a participar en una misión de… paz, muy alejada de nuestras fronteras. Para cubrir la mentira del presidente Zapatero, primero aterrizaron en Kabul, el 26 de enero de aquel año, solo 25 militares que, a los pocos días, se incrementó en 500.

Aún sabiendo el Gobierno que mentía, se informó que la previsión era regresar en abril de ese año, olvidando que se hace la guerra cuando se quiere y se termina cuando se puede, como diría Maquiavelo. Y todo para ayudar y proteger a un líder afgano tan corrupto como Hamid Karzai.

El pasado sábado, 24 de octubre, ¡catorce años después!, la vicepresidenta del gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, asistía al acto oficial del repliegue total de las tropas españolas. “¡Venimos de una guerra que ha exigido un enorme esfuerzo y sacrificio a los militares!”, declaró la vice, olvidando que una guerra no es justa ni cuando es necesaria, como decía el mencionado Maquiavelo. Porque todo lo que se refiere a la guerra es una bofetada al buen sentido.

“¡Ah!, que bello día cuando los soldados vuelven, por fin, a su casa, a la vida real, a la humanidad, cuando las banderas se plegan y una marcha gozosa y pacífica se deja oír”, cantaba Schiller en su obra “Soldados”.

Que bello sería si en esta misión de paz no hubieran muerto nada menos que 102 españoles, en un dramático goteo (1, 62, 1, 18, 1, 5, 2, 1, 5, 4, 1, 1). Salvo los 62 fallecidos en el accidente del Yak-42 de 2003, la mayor tragedia militar aérea de la historia española, una macabra chapuza donde se les enterró como se pudo sin ni siquiera identificarlos como Dios manda.

Estas muertes se fueron produciendo sin que nadie nos diéramos cuenta. Salvo las madres, las esposas, los hijos de esos españoles muertos sin gloria en inhóspitas y lejanas tierras que nada ni a nadie nos importaba lo que allí sucedía.

Las madres de los soldados fallecidos son los únicos jueces de esta absurda guerra en la que los políticos nos involucraron.

Nunca creí que íbamos a ver a padres enterrando a sus hijos, como en tiempo de guerra, cuando lo normal, en tiempos de paz, sería que los hijos entierren a sus padres.

José Luis Rodríguez Zapatero engañó al país con aquello de que los españoles estaban en misión de paz. Cuando se decidió aumentar el despliegue en Afganistán, lo hizo insistiendo no solo en lo de paz sino que los soldados formaban parte de un contingente humanitario, casi, casi, una ONG.

Alguien dijo que la guerra es una cosa demasiado grave para confiarla a los políticos.