Copiando que es gerundio

Según la Real Academia Española, “plagiar es copiar en lo sustancial obras ajenas dándolas como propias, atentando contra los derechos fundamentales que dimanan de la creación de una obra engañando al consumidor con la suplantación”.

El escritor francés Jean Giradoux decía, por el contrario, que “el plagio es la base de todas las literaturas, excepto de la primera que, por otra parte, es desconocida”.

A veces, es difícil diferenciar el plagio del homenaje. Así pensaba Borges. También el poeta Antonio Colino, a quien la escritora Lucía Etxebarría plagió algunos de los versos del poeta. “Sabía de la admiración de esta autora hacia mi obra. Por ello, decidí no entablar ningún pleito contra ella”, declaró.

No todos tuvieron tanta suerte como la admirada Lucía. El escritor catalán Vázquez Montalbán tuvo que pagar, en 1990, tres millones de las antiguas pesetas al profesor de la Universidad de Murcia, Ángel Luis Pujante. Y, Alfredo Echenique fue sancionado con 57.000 dólares por el Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y Protección de la Propiedad Intelectual peruana por haber plagiado, nada menos, que 16 artículos, de La Vanguardia y de El Periódico de Extremadura. Lo achacó a errores informáticos cometidos por su secretaria. Siempre la culpa al maestro armero.

Hasta Camilo José Cela fue acusado por la escritora Carmen Forner de haber basado la novela “La Cruz de San Andrés”, Premio Planeta 1994 en la suya, “Carmen, Carmela, Carmiña”. Y se querelló.

La querida compañera Ana Rosa Quintana fue víctima de un “negro” que copió todo lo que quiso para el libro de la presentadora. Es el riesgo que corremos cuando recurrimos a terceros para que nos ayuden a finalizar un libro.

Y la escritora J.K. Rowling, creadora del personaje de Harry Potter, que la ha hecho multimillonaria, se las tuvo que ver con los herederos del escritor Adrian Jacobs, a quien plagió.

Como periodista y autor de dieciséis libros, conozco la obligación de respetar, en todo momento, el copyright en las citas aunque no desvelar las fuentes en el argot profesional. A veces, solo sean charquitos. Aún así.

No siempre es posible, por haber olvidado el nombre del autor. Recurro, entonces, al entrecomillado o, simplemente, a “lamento no recordar su nombre”. Así de fácil.

Por ello, no entiendo a todos aquellos escritores o periodistas que simplemente se apropian de frases, textos o ideas de otros, olvidando la cita.

Según Chateaubriand, “no creemos que el arte de citar esté al alcance de cualquier espíritu mezquino que, no encontrando nada en sí mismo, acude a espigar en los demás”. La inspiración es la que proporciona las citas felices. “La cita solo está justificada para mejor expresar mi pensamiento”, decía Montaigne.

Esta semana Ursula von der Leyen, la ministra de Defensa del gobierno de Angela Merkel, “está siendo investigada como sospechosa de haber robado ideas para escribir su tesis doctoral”. Simple y sencillamente, acusada de plagio, nada menos que 23 observaciones sin citar las fuentes para su trabajo con el que pretendía obtener el título de Doctora en Medicina. Enrique Muller, corresponsal de El País, recoge en su crónica que la revista Der Spiegel señalaba que un 43.5 % de las páginas tenían plagio.

Lo más grave, es que no se trata de la primera vez que tal cosa sucede en el gobierno alemán. Otro ministro, también de Defensa, el barón Karl Theodor von Gottenberg tuvo que abandonar el cargo, en 2011, por haber copiado artículos “sin mencionar la fuente” para su tesis doctoral.

Y Annette Schavar, otra de las ministras de mayor confianza de Angela Merkel, renunció por los mismos motivos.

¡¡Qué trabajo les costaría citar las fuentes o, en todo caso, entrecomillar!! Obligado es aquí y en Berlín.