Antes la muerte que la fuente

Hay que tener mala suerte. Coincidiendo con el Día Mundial de la Libertad de Prensa, el pasado domingo, va el ministro de Justicia, Rafael Catalá, y mete la pata hasta el corvejón, que se dice en mi tierra, “amenazando” con la posibilidad de sancionar a los medios de comunicación que difundan filtraciones judiciales.

Se trata de “un ataque inadmisible a la libertad de prensa”, a juicio de la Asociación de Editores de Diarios Españoles y de todos los periodistas.

La reacción del ministro Catalá, por quien siento una muy especial simpatía, ha sido desgraciada y vulgar: rectificar según la reacción de sus palabras.

Eso de “me han malinterpretado” es impropio de quien tiene la obligación de pensar antes de hablar claro. Y vaya si habló: matar al mensajero. Si se puede, a la fuente también, tan necesaria para el ejercicio de nuestra profesión. Hasta el extremo de ser “antes la muerte que la fuente”.

Este columnista lo ha sufrido en sus propias carnes a lo largo de su vida profesional, acabando, incluso, en el banquillo.

Mi querellante, con mucho poder entonces, exigía judicialmente desvelara la identidad de quien me había vendido, en 1984, las famosas fotografías de la agonía de Franco. A pesar de los años transcurridos, continuaba siendo un misterio lo que había sucedido en aquella habitación de la madrileña clínica de La Paz, en la que el doctor Cristóbal Martínez Bordiú, convertido en el siniestro doctor Jekyll, fue capaz de transformar al general Franco en el monstruo Mr. Hydn, rodeado de tubos de sangre que entraban y salían de su cuerpo agonizante.

El documento gráfico había sido realizado por el propio yerno del general, con una falta total de ética profesional ya que era uno de los médicos del “equipo habitual” y con fines desconocidos.

Las fotografías me fueron ofrecidas, previo pago de una fortísima cantidad, of course, por un muy importante colaborador del generalísimo, quien nunca me confesó como le habían llegado a su poder.

La venta se hizo con una sola condición: no desvelar ¡¡nunca!! su identidad.

La aparición del documento en la publicación que yo dirigía, suscitó comentarios para todos los gustos. Hasta Felipe González me telefoneó indignado, preguntando si yo las hubiera publicado de ser mi padre.

Las fotografías demostraban hasta qué punto la agonía de un hombre, el momento más íntimo de todo ser humano, fue utilizada con fines torticeramente políticos: la reelección del Presidente de las Cortes, Rodríguez de Valcárcel, con Franco vivo, estaba garantizada. Como es fácil suponer, el autor de las dramáticas imágenes reaccionó de inmediato con una querella criminal contra el mensajero que era yo: 50 millones de pesetas y 5 años de cárcel.

Con ello, el marqués de Villaverde pretendía sentarme en el banquillo, que me sentó, para que confesara el nombre del vendedor de las imágenes que le había estropeado ¿el negocio? ¡Vaya usted a saber!

Aunque, en aquella época, todavía existían en la justicia española magistrados franquistas, en el juicio me negué a desvelar la identidad del colaborador de Franco que me había facilitado el scoop periodístico. Como le había prometido, me negué y lo hice acogiéndome, simple y sencillamente, al secreto profesional: “Antes la muerte que la fuente, Señoría”, le dije.

Y, aunque me daba ya por jodido, el tribunal aceptó lo que hoy, en plena democracia, el ministro de Justicia, Rafael Catalá, ha intentado quitarnos.

Ganas de complicarse la vida cuando solo le quedan cuatro telediarios como miembro de un gobierno que méritos ha hecho para dejar de serlo.