Ochenta y nueve años y… sin abdicar

La reina Isabel de Inglaterra que, en unas horas, cumple ochenta y nueve años, se lo dijo bien claro a su primo Juan Carlos: “Nunca abdiques”. Ella predica con el ejemplo: lleva sesenta y cuatro en el trono y su hijo y heredero, el príncipe Carlos, cumplirá sesenta y siete en noviembre.

También lo dice la reina Margarita de Dinamarca que, la pasada semana, cumplió setenta y cinco años y 43 de reinado: “Nunca abdicaré y nunca dejaré de fumar”. ¡Toma ya chulería!

Contemplándolas, uno no puede por menos que preguntar: ¿Por qué abdicó don Juan Carlos?

No me vale lo de la salud. Desde que le “echaran” ha demostrado tenerla de hierro. No solo el estómago, con comidas pantagruélicas, sino la forma física, soportando larguísimos viajes transoceánicos.

Pienso, pruebas de ello tengo, que se trató de un complot familiar en el que intervinieron su hijo y heredero, la inefable nuera y su esposa, por supuesto.

Felipe creía tener motivos. Pensaba que de seguir su padre en el trono, afectaría a la Institución. Olvidaba que ya estaba dañada y no precisamente por culpa del Rey. ¿Tendré que recordarle aquí y ahora aquella frase del monarca, cuando se disponía a anunciar la boda de su heredero con Letizia? : “Mi hijo se va a cargar la Monarquía”.

Continuando con los protagonistas del “complot”, Letizia si tenía motivos para desear la abdicación de don Juan Carlos. La muchacha sabía que nunca le fue de su agrado y que, en más de una ocasión, pidió a Felipe que se divorciara.

¿No exigió el Rey a su hijo que rompiera con Eva Sannum, con una biografía nada que ver con la de la nieta del taxista? Para empezar, no estaba divorciada.

Por último, los sentimientos de doña Sofía eran lógicos: desear ver a su hijo en el trono y ella de reina madre. También había otros muy importantes y humanos: una venganza encubierta por tantos agravios recibidos de manera pública y privada, que la convirtieron en una sufridora esposa.

Lo que nunca entenderé es aquella humillación de la que don Juan Carlos fue objeto en la balconada del Palacio Real, el día de la proclamación de Felipe, con aquellos besos envenenados que le prodigaron tanto Sofía como Letizia y que él recibió, como se pudo ver, con desagrado. Hasta que no pudo más y dijo: “vámonos ya”.

A pesar de todo ello, don Juan Carlos no debía haber abdicado. Felipe carece de su carisma y de su prestigio, que no son hereditarios sino personales e intransferibles.