Mi amigo Adolfo Suárez

Un año hace ya pero parece que fue ayer la muerte de Adolfo Suárez, el inolvidable Presidente de la democracia y uno de los políticos más queridos de la reciente historia de España. Nunca un país se conmovió más que España con su muerte. Miles fueron los ciudadanos que guardaron, durante horas, en la cola para rendirle homenaje y despedirle en el Congreso de los Diputados, donde se había instalado la capilla ardiente. Del Rey abajo, todos los españoles.

De entre los miles de personajes que he conocido y entrevistado a lo largo de mi ya dilatada vida como periodista, Suárez ocupa un lugar destacado, más allá de la simple relación profesional.

En mi casa conservo dos fotografías dedicadas a mi “con todo afecto, gratitud y sincera amistad de tu incondicional Adolfo Suárez”. Con estas dedicatorias, el Presidente estaba agradeciéndome aquel primer gran reportaje en Hola, en vísperas de las primeras elecciones generales. Nunca la revista se había ocupado de un político desde que el inolvidable Antonio Sánchez Gómez la fundara.

Aquellas imágenes hablaban por si solas de “la felicidad familiar del Presidente que se recuperaba de las tensas y agotadoras jornadas de trabajo y preocupación gracias al desvelo de su esposa y de sus hijos”, una esposa, Amparo, prestándose, aunque nunca quiso ser protagonista, a la escena del sofá y a románticos paseos por los jardines de La Moncloa. Y unos hijos, tanto como cinco, retozando en torno a papá y a mamá y montando en bicicleta en una hermosa tarde de verano.

Era la más idílica y auténtica imagen familiar que se podía ofrecer a los lectores. Estos entendieron el mensaje y le dieron toda su confianza en forma de votos y la victoria en las primeras elecciones generales en las que tuvo como oponente, nada menos, que a Felipe González.

Desde aquella primera entrevista, en julio de 1976, varias fueron las que Adolfo Suárez me concedió (julio de 1977; agosto 1980; diciembre 1980; febrero 1981…) y que hizo escribir a Pedro J.: “la única excepción a la regla, dentro de la ley del silencio, en la que Suárez continúa encasillado, ha sido, de nuevo, sus declaraciones a Jaime Peñafiel, por cuarta vez en la transición”. La más importante entrevista fue en abril de 1981, en la Isla Contadora, tras su dimisión. Era la primera vez en la que abordaba su actuación en el 23F: “No me hubiera importado morir con tal de que el golpe fracasara… miedo, lo que se dice miedo, no pasé ni siquiera cuando Tejero me colocó la pistola en el pecho… lo único que yo pretendía con mi actitud era comportarme a la altura de mi responsabilidad, en aquel instante, como Presidente del Gobierno español”.

La última entrevista fue en enero de 1982, en su hogar de la calle Ibaiondo, en la exclusiva urbanización madrileña de La Florida, donde vivió, que es un decir, rodeado hasta su muerte, del amor de todos sus hijos, sin saber cuánto le querían. Fue mejor así. El Alzheimer le impidió, “afortunadamente” ser testigo de tanta tragedia familiar como asoló su vida.