Rania como Farah

La imagen de Rania de Jordania que, de un tiempo a esta parte, parece llevar el culo en los mofletes de su precioso rostro, ha cambiado estos días el bisturí por la pancarta.

No porque intente despejar la sombra de la corrupción que le ha convertido en una de las mujeres más criticadas del reino, sino también porque, por primera vez, ha decidido salir a la calle para ponerse al frente de una manifestación. No con sus modelos de alta costura de París, Londres, Milán y Nueva York, que la han convertido en habitual de las revistas del corazón, sino llevando, también por primera vez, la kufiyya de algodón, con dibujos geométricos de color rojo sobre fondo blanco, versión jordana del vulgar pañuelo palestino, símbolo de unidad nacional y activismo que tanto gusta a la progresía española de izquierdas.

Ello me ha recordado a Farah, la que fuera emperatriz y consorte del Sha, el emperador de Irán, el día que apareció, en una mezquita de Teherán, cubriéndose con el chador, prenda típica iraní, icono e imposición obligatoria tras la revolución de Jomeini. Lo hizo el 29 de marzo de 1979, en un desesperado intento de aplacar a la población que se manifestaba violentamente contra el Sha por las víctimas de la represión de Tabriz. Irán se encontraba ya en una situación prerrevolucionaria y Farah, vistiendo el chador, mostró la vulnerabilidad del sistema.

Rania, por su parte, cubierta con la kufiyya, decidió marchar por las calles de Amman para sumarse al dolor de un pueblo contra los yihadistas, por el asesinato del piloto jordano Al Kasasbeh, perteneciente a una tribu de enorme poder hasta el extremo de amenazar al rey Abdalah con retirarse su apoyo. Desde la “primavera árabe” de 2011, era palpable la distancia con la familia real. Y ante el temor de lo que pudiera pasar, Rania se sumó al dolor del pueblo.

Si Farah con aquel gesto y aquel chador demostró el miedo a lo que pudiera pasar, a lo que estaba pasando, a Rania también se le ha visto la fragilidad de su tendón de Aquiles y el temor ante la ira del pueblo por la terrible muerte de uno de sus oficiales a manos de los yihadistas.

A la soberana le preocupa y le asusta el futuro. Solo tiene una obsesión: “Es nuestro deber dejar a nuestros hijos un mundo árabe y musulmán más seguro.”

Lo dice una palestina, convertida en reina por su matrimonio con Abdalah, hijo de aquel gran pequeño rey Hussein, quien, antes de morir, dijo a árabes y judíos: “Hagan la paz. Es la petición de un moribundo”.

Ése fue su testamento.