Franco amenazó con ir…

… y a Jimmy no le permitieron salir.

Éstas y otras muchas fueron las anécdotas que se produjeron con motivo de la boda de la española y madrileña Fabiola de Mora y Aragón con Balduino, rey de los belgas, el 15 de diciembre de 1960. Era la segunda vez en poco más de un siglo que tal cosa sucedía. La anterior fue el 30 de enero de 1853 cuando una española, en este caso granadina, se convertía por matrimonio, más que en reina, emperatriz de los franceses, al casarse con Napoleón III.

La muerte, estos días, de la viuda de Balduino, ha traído a mi memoria la conmoción de España entera cuando, el 16 de septiembre de 1960, se anuncia, de improviso, sin que se hubiese producido la menor filtración, la boda real. Una auténtica boda real ya que, quien se casaba, no era un príncipe ni un heredero sino un rey reinante, uno de los pocos que han contraído matrimonio siendo ya reyes: Carlos Gustavo de Suecia, Rainiero de Mónaco, su hijo Alberto, Constantino de Grecia, Hussein de Jordania y el Sha de Persia.

Las de estos seis no supuso ninguna sorpresa. Pero la de Balduino, toda. Esa misma semana del anuncio, la prestigiosa revista francesa Paris Match ofrecía una amplia información sobre el rey de los belgas, en vísperas, según ellos, de entrar en un convento trapense.

Desde que subió al trono por la abdicación obligada de su padre, el rey Leopoldo, su nombre no se había relacionado jamás con mujer alguna. Salvo con la princesa de Rethy, esposa del ex rey y que había sido, más que madrastra, madre para Balduino y sus dos hermanos, Alberto y Josefina Carlota.

De Fabiola, otro tanto. Cuando se hizo pública la noticia, de ella no se sabía absolutamente nada. Ni tan siquiera los redactores de sociedad la conocían. Tampoco la nobleza española.

Pero, no hacía mucho tiempo que un periódico madrileño, había insertado un remitido en el que el marqués de Casa Riera y conde de Mora comunicaba no hacerse responsable de las deudas contraídas por su hijo don Jaime de Mora y Aragón. Este no era otro que el hermano de la futura esposa de Balduino y, por tanto, futura reina de los belgas.

Indirectamente, dos personajes fueron protagonistas no deseados, aunque por distintos motivos, de esta boda: el general Franco y Jimmy de Mora, el citado hermano.

El problema más espinoso era la del Jefe del Estado del país en el que la futura reina había nacido.

Franco había tomado esta boda como un reconocimiento oficial de su régimen por un país tan democrático y europeo como Bélgica. España no era ninguna de las dos cosas.

Yo, que viví en directo aquel acontecimiento, recuerdo hoy cómo la prensa española recibió orden de ocuparse de la boda con toda amplitud. Aunque pueda parecer exagerado, la política de la dictadura se puso al servicio de Fabiola y Balduino, ignorando que el nombre de Franco en Bélgica suscitaba, no solamente, una campaña en la prensa de izquierdas sino incidentes inoportunos en un día tan feliz. Hay que tener muy presente que en Bélgica existía una permanente sensibilidad a flor de piel respecto a España y su dictadura. No hay que olvidar que el país de Balduino tuvo reacciones muy vivas durante la guerra civil española. Fue el país que, teniendo en cuenta su población, más cantidad de voluntarios envió a las famosas Brigadas Internacionales.

Diplomáticamente se pusieron en marcha todas las gestiones habidas y por haber para evitar la presencia del dictador en la boda. Posiblemente, los belgas ignoraban que, en ningún momento, había pasado por la mente del Jefe del Estado español acudir a la boda de la compatriota con el rey de los belgas. No por temor a las amenazas de la izquierda y los republicanos, sino porque Franco tuvo siempre la prudencia de no asistir acto alguno que se celebrara fuera del país. Pero dentro de su forma maliciosa de comportarse, mandó preparar un avión de Iberia para viajar a Bruselas. Les quería, lo que vulgarmente se dice, “acojonar”. Pero el anuncio de que serían los marqueses de Villaverde quienes le representaran, calmó los ánimos. Tanto el gobierno belga como la Casa Real respiraron tranquilos.

Todavía quedaba por solucionar otra presencia no deseada: la de Jaime de Mora y Aragón, el hermano de Fabiola, el enfant terrible de la familia quien, al conocer la noticia del compromiso de su hermana, compuso “El vals de Fabiola” que, como buen pianista que era, todas las noches interpretaba al piano y con guantes en un cabaret de la avenida de América de Madrid. “En honor de la primera española emigrante en Bélgica”, como lo anunciaba.

La decisión de Fabiola fue irrevocable: “No saldrás de España hasta después de mi boda”, le dijo categóricamente.

Al igual que había sucedido con Franco, la corte belga, la familia y hasta el gobierno se pusieron de acuerdo para impedir la presencia de Jimmy en Bruselas.

La policía española estuvo, incluso, sobre aviso, con unas medidas que se pusieron en práctica en la mañana del 2 de diciembre, cuando don Jaime se dirigió al control de pasaportes en el aeropuerto de Barajas, dispuesto a tomar un avión con destino a Bruselas.

“Señor Mora, tenemos orden estricta de no dejarle salir”, le dijo , sin más explicaciones, el agente que visaba los pasaportes.

¿No hubiera sido más lógico y digno que los belgas le hubieran prohibido la entrada al país y no los españoles la salida?

Pero Bélgica era una democracia que no podía vulnerar los derechos de un ciudadano que no estaba perseguido por la justicia. Y España, una dictadura, acostumbrada a atropellar todos los derechos. Uno más, no importaba.

El buenazo de don Jaime tuvo que contentarse con ver la boda de su hermana en casa de unos amigos, de los pocos que, entonces, tenían televisión en España. Así era este país en todos los sentidos. Ni la boda de Fabiola le devolvió la dignidad.

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