La España de siempre

Fue el 20 de noviembre, una fecha para no olvidar.  Ese día, una duquesa, la duquesa más grande de toda la nobleza, con más títulos que la reina de Inglaterra,  y la folclórica más racial de todas las folklóricas acapararon la atención de los españoles.

Viendo los programas de la televisión, conectando ya con el palacio de las Dueñas ya con la finca Cantora, en espera de la salida de una, muerta,  hacia la capilla ardiente, instalada en el Ayuntamiento de Sevilla, y la otra, más muerta que viva,  hacia la cárcel de Alcalá de Guadaíra, llegué a la conclusión de estar viviendo en la España de siempre. Con el personal llorando, que es lo que más le gusta. Por una duquesa y por una folclórica, aunque por diferentes motivos.

A la duquesa de Alba le ha sucedido lo que a la condesa de Barcelona: habiendo nacido las dos en Madrid, presumían de ser sevillanas. Y Sevilla se lo ha agradecido homenajeándola en vida pero, sobre todo, en su muerte.

Conscientes de este sentimiento, su cadáver ha sido paseado por calles y avenidas sevillanas, como si de un paso de la Semana Santa fuera, entre aplausos, flores, lágrimas y la Salve rociera.

Mientras a Isabel Pantoja, la folclórica,  se la esperaba verla subir por su calvario, camino de la cárcel, como una dolorosa. Sin más compañía que la guardia civil y la prensa.

Si la mancha de una mora con otra verde se quita, Cayetana e Isabel, cada una por un motivo diferente, han conseguido despojar al 20N de su significado franquista, para convertirlo, eso sí, en la España de Merimée.

El funeral será casi de Estado. Con la presencia de reyes, infantas y demás autoridades sevillanas y nacionales. Aunque la Casa de Alba posee un panteón en la localidad madrileña de Loeches, Cayetana ha preferido que sus cenizas o parte de ellas reposen en la iglesia del Cristo de los Gitanos. A lo peor le sucede lo que a la reina Sofía que, en cierta ocasión, declaró que no le gustaría ser enterrada en El Escorial. Porque es muy triste y muy frío.  Que me incineren y esparzan mis cenizas donde quieran.

El personal se pregunta ¿qué será, de ahora en adelante, de Alfonso Díez, el viudo consorte de Alba? Me gustaría recordar aquí y ahora que para aplacar las sospechas de los hijos que se oponían a la boda de su madre, Cayetana reunió a todos, en el palacio de Liria, para que Alfonso renunciara ante notario no solamente a cualquier prebenda sino, incluso, a lo que por ley es irrenunciable, ese tercio que, como marido, le podría corresponder. Se marchará como vino, con las manos en los bolsillos…. vacíos.

Es de esperar que los seis hijos de Cayetana le guarden gratitud eterna ya que fue el hombre que devolvió a su madre la felicidad y la ilusión de vivir a sus 85 años. Han sido tres años en los que no solamente ha sido el esposo fiel y  el compañero abnegado sino el cirineo que le ha ayudado a caminar en este último tramo de su vida.

Con Cayetana desaparece una de las figuras más señeras de la vida española. Una mujer que no solo se puso el mundo por montera sino que vivió apasionadamente su vida. Descansa en paz, querida amiga.