Que haga lo que su abuelo

No quiero ni rechazo nada de modo absoluto sino que consulto siempre las circunstancias, que decía Confucio. Las de Iñaki Urdangarin no son, precisamente, las más adecuadas para haber protagonizado, la semana pasada, un hecho que nadie se explica: subir a un avión camuflado por una protección que no merece. Tú no puedes esconderte de ti mismo, muchacho, tienes que afrontar la verdad y aceptar las críticas que ha producido tu paso por el aeropuerto de Barcelona.

El personal se ha preguntado quién ha dado órdenes para que le trataran como lo que no era. Más que un VIP, un privilegiado. Nadie puede creer que el permiso, para acceder al avión por la escalerilla de la tripulación, haya venido de La Zarzuela. Tampoco para que le llevara un microbús de Iberia, impidiendo que los pasajeros ocuparan sus asientos antes de que él lo hiciera. Por supuesto en business y… gratis, otro de los privilegios que la Infanta, su marido y sus hijos tienen.

A lo peor es que las autoridades del Prat todavía no se han enterado de la situación jurídica de Urdangarin. ¿O es que ha sido una deferencia de la compañía Iberia? ¿Y qué hacía la Guardia Civil a pie de escalerilla?

Urge que don Felipe exija a su hermana la renuncia a los derechos históricos y dinásticos así como al título de duquesa que su padre, el rey Juan Carlos, le otorgó al casarse al igual que a su hermana Elena.

Aunque se escandalicen los “expertos”, lo de Infanta es discutible. Cierto es que todos los hijos de rey son infantes en España. Pero en el caso de Elena, Cristina y Felipe, no desde el nacimiento (el 20 de diciembre de 1963, la primera; el 13 de junio de 1965, la segunda y el varón el 30 de enero de 1968) ya que, entonces, su padre no era Rey. Pero sí desde el 6 de noviembre de 1987, cuando don Juan Carlos sancionó el Real Decreto 1368 sobre régimen de títulos, tratamientos y honores de la Familia Real.

Más complicado, lo de Pilar y Margarita, hijas del conde de Barcelona, quien siendo hijo y padre de Rey, nunca lo fue. Mal podían ser sus hijas Infantas, tratamiento que les concedió su hermano, el rey Juan Carlos, aplicado en Real Decreto al que nos hemos referido.

Franco lo tuvo muy claro: cuando designó don Juan Carlos sucesor, no le reconoce lo de Príncipe de Asturias, sino que le nombra Príncipe de España, título que se sacó de la manga para no reconocerle como hijo de Rey que no era.

También los hay infantes de gracia, como Carlos Borbón dos Sicilias. Que no es hijo de Rey. Don Juan Carlos le otorgó esta dignidad el 17 de diciembre de 1994 por “las circunstancias excepciones que concurren en él como representante de una línea vinculada históricamente a la Corona española”.

Dicho todo esto, ¿por qué Cristina no puede renunciar al tratamiento de infanta que recibió por decreto y al título de duquesa de Palma y derechos históricos y dinásticos?

En la familia hay un dignísimo ejemplo: su abuelo paterno don Juan de Borbón que, en un gesto lleno de generosidad y patriotismo sin precedentes, renunció a todos sus derechos, el 14 de mayo de 1977. Si él lo hizo por España (“Majestad, por España, todo por España”) que Cristina lo haga no solo por estar imputada sino porque su negativa daña a su hermano, el Rey, pero, sobre todo a la Institución, a la que ya no pertenece como Familia Real.

¿No podría exigirle Felipe la renuncia de una puñetera vez?