Setenta y seis años de infelicidad

La fecha que vamos a comentar no es de esas que se consideran redondas. Como los 25 (que son de plata); los 50 (que son de oro) o os 75 (que son de diamantes). Pero se trata de un cumpleaños, el de doña Sofía, los primeros que cumple (celebrar es mucho decir), no como reina reinante (ya no lo es) ni como reina viuda (que no lo está) ni como reina madre (que no le gusta) ni como divorciada (que no quiso).

¿Su estado civil? Digamos que separada. ¿Desde hace diez, veinte, treinta años …? En mayo hizo 52 de su boda. Más de medio siglo en los que ha habido de todo. Aunque ella se casó enamorada, él no diría tanto.

Difícil es recordar hoy un cumpleaños feliz. Algunos sí ha debido haber. Que yo recuerde, aquel año cuando don Juan Carlos reunió, sin que ella lo supiera, a personas que mucho habían significado en su vida: familia y amigos.

Pero, desde hace tiempo, ni cumpleaños ni aniversario de bodas. Posiblemente, porque no hay nada que celebrar y mejor no recordar. Por no hacerlo, ni las bodas de oro matrimoniales.

La única vez que este columnista ha sido testigo de una celebración, sucedió en mayo de 1979, durante una visita oficial a Guinea Conakry, cuando el presidente Seku Ture le invitó, por sorpresa, a apagar las 17 velas de la tarta del aniversario de su boda.

Aunque algunos periodistas han publicado que este año es diferente, no dejan de tener razón. Ya nada es igual. Ni lo será nunca. ¿Mejor? ¿Peor? Lo que ya no habrá nunca serán los annus horribilis que jalonaron su vida de sufridora esposa (no pudo reconducir la felicidad de su matrimonio). Y sufridora madre (no pudo evitar que sus hijos se casaran con quienes quisieran aunque la experiencia ha demostrado que no con quienes debieran).

A sus 76 años, doña Sofía se ha ganado el derecho a vivir, en paz.

Como broche de esta columna, me van a permitir dos reflexiones sobre temas más que importantes, trascendentales:

No entiendo el silencio del Jefe del Estado sobre la actual situación política catalana. El artículo 56.1 de la Constitución le ampara y le obliga: “El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las Instituciones, asume la más alta representación del Estado español …”.

Tampoco entiendo que Letizia, la consorte, haya manifestado, presuntamente, su deseo de conocer a Pablo Iglesias, según reconoce éste a Evole. ¡Cuidado Letizia, cuidado! Teresa Rodríguez, la eurodiputada de Podemos, encabezó, recientemente, una manifestación en Bruselas contra la Monarquía en España. Yo, como Juan Cruz, no me creo que la consorte quiera conocerle.