Yo fui su sparring preferido

He esperado que pasaran unos días para escribir sobre María Antonia Iglesias y su muerte; sobre Maria Antonia Iglesias y su vida. La muerte es un desafío, un esfuerzo para olvidar lo malo e intentar recordar lo bueno si lo hubiere. Aunque nada es bueno ni nada es malo con la muerte. Todo depende como se piense del muerto.

Lo que pensamos de la muerte de María Antonia Iglesias solo tiene importancia por lo que la muerte nos hace pensar de Maria Antonia. No me gusta eso tan vulgar y tan poco caritativo de que quien en la vida fue hijo de puta, también lo sigue siendo después de muerto.

Confieso que, en estos momentos, lucho entre ignorar pero también recordar. De todas formas, como diría el poeta, me gustaría acordarme de ella y de otro canto. Pero no seré yo quien conduzca la carreta y el arado por encima de los huesos de María Antonia. No puedo olvidar la colérica visión, con espada centelleante, que diría Luis Cernuda, blandiéndola sobre mi cabeza en aquellas tertulias de La Noria, en Telecinco, presentadas por Jordi González, durante las cuales María Antonia me elegía como su sparring preferido para provocarme y sacudirme a placer, con una ira digna de mejor causa.

La compañera de ABC, Rosa Belmonte, escribía, en su columna del pasado 31 de julio: “Llegó a sacar de quicio de tal manera a Peñafiel, situándole en la extrema derecha (bien sabía ella que no) y preguntándole si le iba a pegar cuando él se incorporó”.

Confieso hoy y aquí que el movimiento que hice se debió al intento de recolocarme los cataplines, excitados por tan feroz ataque. Pero, como recuerda la compañera Belmonte, “sabía donde apretar para que el contrario saltara”.

A lo peor, no se lo van a creer. María Antonia me profesaba una admiración profesional y un cariño especial. Posiblemente, porque conocía que, como ella,  soy creyente y practicante. Pero también sabía que yo entraba siempre al trapo de sus provocaciones que, invariablemente, se referían a mis comentarios sobre Letizia, de la que se había erigido ardiente defensora.

Era tal la fijación y el placer “orgásmico” que le producía debatir conmigo que, en dos ocasiones, pidió a Euskal Televista, la televisión autonómica vasca, que me invitaran a debatir con ella en programas inolvidables. Le gustaba sacudir y, lo que es peor, que la sacudiera, verbalmente of course.  Finalizados los debates, subíamos juntos al mismo coche para trasladarnos al hotel Ercilla de Bilbao, en el que nos alojábamos, para cenar tan ricamente.

Allá donde esté ¿descansará en paz? Lo dudo, siempre encontrará a alguien con quien debatir.