Comandante, aterriza como puedas, ordenó Don Juan Carlos

El pasado jueves se estrelló, al este de Malí, un avión con 116 personas a bordo. A pesar del nombre, Swiftair, se trataba de una compañía española cuyos miembros de la tripulación, seis en total, eran igualmente españoles. La causa parece ser una tormenta de arena. A pesar de que el comandante intentó cambiar de rumbo, se encontró con otra de la que ya no pudo salir.

Este trágico accidente aéreo me ha recordado un maratoniano viaje real de 32,200 kilómetros por África y Asia, con la escala de regreso en Riad, Arabia Saudí, procedentes de Manila, un salto aéreo como para figurar en el Guinness Book.

“Reinaba” en Filipinas una pareja demencial, compuesta por el presidente Marcos y su esposa, la impresentable Imelda, a quien don Juan Carlos tuvo que pararle los pies, en más de una ocasión, durante nuestra estancia en la capital filipina por extralimitarse en sus funciones. En una visita a una exposición de artesanía, hasta intentó poner a don Juan Carlos un gorrito de malla. El gesto del soberano fue de esos que, algunos que le conocemos muy bien, calificamos de “corte real” y que deja helado al más lanzado.

Aquel viaje pudo haber acabado como el vuelo del avión de Swiftair, por culpa de otra tormenta de arena que puso de manifiesto el carácter “caprichoso” de don Juan Carlos.

El príncipe Fawez, hermano del rey Faisal y gobernador de la provincia de la Meca, le había hecho saber que tenía mucho interés en recibirle y agasajarle cuando regresara hacia España. Le pedía hiciera escala en Jedda, la capital diplomática y el puerto más importante, en el Mar Rojo, de Arabia Saudita.

Cuando nos dirigíamos a ese encuentro, una violenta tempestad de arena obligó a realizar un aterrizaje de emergencia en Riad, la capital del Reino. En este aeropuerto, íbamos a esperar noticias sobre el cambio meteorológico que nos permitiera tomar tierra en Jedda.

Dos horas después, como las noticias que se recibían no eran optimistas, se decidió, tras consultar con el comandante Laseca, continuar el viaje directamente a Madrid, cancelando la escala prevista, donde el príncipe Fawez esperaba para agasajarle, ir de cacería y pasearle por el Mar Rojo,

Para un vuelo tan largo, desde Riad a Madrid sin escala, se llenaron a tope los depósitos de combustible, emprendiendo, por fin, el regreso del viaje a España.

Como es preceptivo en estos casos y ya en vuelo, el comandante Laseca decidió evitar la conflictiva zona de las tormentas de arena con una ruta alternativa. Pero don Juan Carlos, informado de que esta se había desplazado de la vertical de Jedda, insistió en aterrizar. Al piloto no le agradaba ni mucho ni poco y le hizo ver los peligros del aterrizaje. Primero, por el riesgo de que la tormenta, dada su movilidad, podía reaparecer y segundo, porque aterrizar con los depósitos llenos de combustible era un peligro mayor, al menos que se arrojara parte del queroseno almacenado.

Ante la insistencia real, “aterriza como puedas, comandante”, el señor Laseca aceptó disciplinadamente la orden. Ahora bien, con voz contrariada, le oímos decir por megafonía, como ya he recordado en alguna que otra ocasión: “Señores vamos a tomar tierra en el aeropuerto de Jedda. Para ello, tenemos que desprendernos de la mitad del combustible. Observen por la ventanilla el espectáculo que supone tirar al aire miles de litros de combustible”.

Lo que no dijo es el peligro que ello suponía. Podíamos haber volado por los aires y nunca mejor dicho. En aquellos momentos recordé el título de la película Aterriza como puedas.