El rey vuelve por donde solía…

a reinar. Como Dios y la Constitución mandan. En plenitud de facultades físicas y mentales. ¿Sexuales? Él sabrá. No me extrañaría que también retomara esta actividad. Suele suceder después de un parón biológico. En este caso de año y medio, casi dos.

Las palabras de Rafael Spottorno, Jefe de la Casa de Su Majestad, siempre tan discreto y comedido, es la mejor noticia referida a la Casa Real después de tantos episodios de salud, jurídicos y sentimentales.

Aunque el responsable de La Zarzuela quiso dejar bien claro que todos estos problemas, algunos muy graves, “nunca reflejaron una opinión a favor de una alternativa a esta forma de Estado”, lo cierto es que grupos interesados, incluso dentro de la propia Casa, ponían a debate la abdicación del Rey. El Príncipe, reconociendo a un grupo de periodistas que “ya estoy preparado para reinar”. Y la inefable consorte que era “el flotador de la Monarquía”. La prestigiosa revista Vanity Fair así lo recogió en su día.

Después de lo del safari, la caída y lo de Corinna, tanto Felipe como Letizia se habían hecho a la idea de que ya era llegado su momento. Que no había otra salida que la abdicación. Que en ello estaba la salvación de la Corona. Más bien va a ser que no. Doña Sofía, que no es sospechosa de nada, la pobre, dejó bien claro que “el Rey no abdica. Lo será hasta la muerte”.

¿Qué había pasado para que la Reina, sobreponiéndose a su dolor de sufridora esposa con toda dignidad, siguiera apostando por Su Majestad y no por su hijo? Simple y sencillamente, porque se trata de una profesional de la Cosa. Ella mejor que nadie sabe que el único valor, el único activo de la “empresa” es Él y solo Él.

Lo ha demostrado con el éxito de los recientes viajes a los emiratos Kuwait, Omán, y Bahrein (y dentro de unos días, Arabia Saudita). 12.400 kilómetros en veinte días.

No existe la menor duda que el ‘efecto imán’ para lograr contratos al más alto, altísimo nivel, no lo tiene el príncipe Felipe. ¡Ni por asomo! Lo suyo es, como mucho, representar a su padre. Nada más. A pesar de la preparación que dicen tiene, carece de la personalidad y del carisma de don Juan Carlos, el único jefe del Estado capaz de hablar de tú a tú con todos los soberanos del Golfo y otros golfos que del mundo son.

Lo más grave es que Felipe, a su edad, 45 años, no da más de sí. Él debe saber que a la muerte del Rey, solo heredará los derechos históricos y dinásticos, pero nunca ese carisma, esa manera de ser de su padre, que son personales e intransferibles.

Cierto es que, desde que se casó con la periodista de los informativos, ha aprendido a leer, a hacer las pausas necesarias mirando a la audiencia y a retomar la lectura sin perderse. Pero poco más. Carece del ingenio de su padre para salir de situaciones como la que se encontró en una reciente visita a Barcelona cuando un individuo le negó el saludo y además despreció la amistad que el Príncipe le ofrecía con aquello de “yo no soy tu amigo”. Don Juan Carlos hubiese acabado metiéndoselo en el bolsillo. En peores plazas ha toreado.

Y ya que hablamos de toros y según la tesis de Esperanza Aguirre, al Príncipe se le puede calificar de ‘anti español’ ya que no le gustan los toros. Ni a él ni a Letizia. Lo justificó en cierta ocasión reconociendo que si no iba a la plaza de toros era por no disgustar a su madre. A doña Sofía tampoco le gustan las corridas pero nadie la ha acusado de anti española. Porque se puede ser anti taurina y española hasta las cachas. Como ella. Son cosas de mi querida y admirada Esperanza.

Acusando recibo

El lunes 28 de abril del 2014,  mi tocayo de El Salvador, Jaime Rodríguez, enviaba una atenta carta  sobre mi columna a propósito de la santificación de Juan Pablo II y Juan XXIII. Mi amable comunicante, seguidor de este periódico y de esta columna, (gracias, procuraré no defraudarle) no está de acuerdo con mis comentarios sobre la actitud de Juan Pablo II en el asesinato de Monseñor Romero, a manos de paramilitares, cuando oficiaba la Santa Misa. Perdón, estimado amigo, por haber escrito que fue en la catedral cuando, en realidad, fue, como usted dice, en una pequeña capilla del hospital de La Divina Providencia. El señor Rodríguez debe tener información de primera mano, ya que, como salvadoreño, reside en el país. Pero sus argumentos carecen de objetividad por ser, como lo confiesa, católico practicante. Este periodista también lo es. Y aunque no conocía a Monseñor, si a casi todos los jesuitas asesinados en el país, igualmente por paramilitares. Y puedo decirle, estimado lector, que no eran guerrilleros. Tampoco Monseñor Romero. Lo que sucedía y sucede a estos religiosos misioneros es que, ante tanta pobreza y desigualdad social, viven y practican el espíritu de la iglesia de los pobres, identificándose con ellos. Esta actitud, que hoy practica el Papa Francisco, nada que ver con la de Juan Pablo  II. Posiblemente, por haber sufrido el comunismo en su país, se convirtió en un radical, con actitudes más propias de la derecha cuando no de la extrema derecha. Era como John Wayne: anticomunista, conservador y patriota de su Polonia natal. Por todo ello, estimado tocayo, creo que no era necesario hacerle santo. Sí reconocer que fue un buen Papa.