‘Creí que me habían herido’

El 31 de marzo de 1981, que era martes, El País publicaba , en las páginas 19 y 20, una extensa crónica de su enviado especial, Pablo Sebastián, en la que recogía su conversación con el ex presidente Adolfo Suárez, durante su regreso a Madrid desde Panamá y con el que aparecía fotografiado.

El hoy fundador y responsable de Republica.com escribía que “nada más despegar el avión del aeropuerto de la capital panameña, ofreció a Suárez un paquete de periódicos y revistas, entre ellas el último número de Hola, en cuya portada aparecía el reportaje-entrevista que Jaime Peñafiel (un servidor) hizo al duque de Suárez en Contadora días atrás”.

Es muy de agradecer la honestidad de Pablo Sebastián reconociendo que este columnista le había mojado la oreja porque había sido el primero en entrevistar al ex presidente y el único que había logrado hacerlo en la isla Contadora, una de las 365 que componen el archipiélago de Las Perlas y donde el duque , acompañado de su esposa Amparo, de su amigo Chus Viana y señora, del “fontanero” Alberto Aza y de su cuñado Lito, decidió refugiarse para descansar después del dramático 23F.

Luego, en el vuelo, Pablo Sebastián conversaría con él largamente sobre los últimos acontecimientos políticos que se desarrollaban en España, considerando que tanto el Gobierno como la Oposición se habían dejado arrastrar por la psicosis del golpe.

En la entrevista que yo mantuve con él en la isla, me relató las 18 horas de reclusión en el Palacio del Congreso, casi todas en la soledad de una habitación donde se encuentran los conmutadores que controlan todas las luces del hemiciclo amén de otros muchos detalles de aquellos días.

No fue fácil hacerle recordar los terribles momentos en los que se puso de manifiesto el valor que caracterizó su etapa al frente del gobierno. Sobre todo, cuando a las cuatro de la madrugada Tejero entró en la habitación donde se encontraba, custodiado por tres guardia civiles, que se pusieron inmediatamente en pie y se cuadraron.

“Tejero se aproximó a mi, que permanecí sentado, y me colocó la pistola en el pecho. Yo le miré fijamente a los ojos, al tiempo que le gritaba : “¡Cuádrese!! “¡Soy el presidente!”. No se si desconcertado o sorprendido, dio media vuelta y abandonó la habitación”.

Fue en esos momentos cuando los guardia civiles que le custodiaban llegaron a una conclusión , a un  lógico convencimiento, sobre todo cuando Suárez les oyó decir en voz baja: “Manda más que él. ¿Qué hacemos?”.

Ante mi pregunta de que si tuvo realmente miedo o preocupación por su integridad física, me respondió:

“Miedo, lo que se dice miedo, no, pero, al comienzo del asalto, cuando comenzaron a disparar justo al lado donde yo me encontraba, creí, por un momento, que me habían herido ya que varios de los casquillos que saltaban de las ametralladoras me golpearon fuertemente en el cuerpo. Tengo entendido que un tiro de bala, en principio, no duele, casi no se siente. De todas formas, no me hubiera importando morir con tal de que el golpe fracasara”.