11 – M

La boda no tenía que haberse celebrado… ese día

Hoy hace diez años y duele, como si hubiera sido ayer. Diez años ya del más terrible atentado de la historia de España, que había dejado casi doscientos muertos y miles de heridos con secuelas físicas y psíquicas de por vida.

La tragedia de Atocha y otras atochas de la red ferroviaria de cercanías llenó de luto no solo Madrid sino a España entera. No durante días ni semanas sino meses. Menos a la Familia Real que, cuando apenas habían transcurrido poco más de dos, se dispuso a celebrar la boda del príncipe Felipe con la inefable Letizia. Con el boato propio de estos acontecimientos en las monarquías reinantes.

Como si nada hubiera pasado, habiendo pasado tanto, se cursaron invitaciones a todas las casas reales del mundo entero. Y, en España, todo quien era alguien, social, política, profesional o empresarialmente, recibió también su correspondiente invitación.

Si el 11 de marzo, Madrid se convirtió en la capital del dolor, el 22 de mayo, en la capital mundial de la realeza, con dieciséis reyes y decenas de príncipes y princesas del mundo entero.

Nadie entendía como no se había aplazado esta boda dadas las trágicas circunstancias en las que vivía España entera.

Este columnista que ha asistido a lo largo de su vida profesional a más de cincuenta bodas reales, nunca ha visto una ciudad más triste que el Madrid de aquel 22 de mayo. La ciudad aparecía aquel día tomada por las fuerzas de la seguridad del Estado. En parte por el atentado y en parte por la boda. Y las calles casi desiertas. El personal prefirió quedarse en casa y ver la ceremonia por televisión.

Item más: la meteorología decidió aguar la fiesta descargando una tormenta como hacía tiempo no se veía. Además, justo encima del escenario del festejo real. Lo hizo cuando la novia, del brazo de su padre y padrino, se disponía a cubrir a pie, sobre la alfombra roja, el trayecto entre el Palacio Real y la catedral de La Almudena.

Pero, ante lo que caía, se decidió esperar a que escampara. Y así pasaron los minutos y minutos, tantos como veinte. Y seguía lloviendo y tronando, como el día que enterraron a Zafra en Granada.

Al disgusto de don Juan Carlos por la boda en sí, se sumaba ahora este anti protocolario retraso de la llegada de la novia a una catedral abarrotada de cabezas coronadas, que no entendían los motivos de aquel retraso. Hasta que el Rey, dolorosamente harto, exigió ¡que la traigan ya!

Hubo que recurrir a uno de los Rolls Royce de la Jefatura del Estado, donde, a duras penas, cupieron la novia con su traje y su cola, el padrino y las damas de honor. Todo para cubrir los cien metros entre el palacio y la catedral, un recorrido realizado entre el luto y la lluvia.

Ese día hubo un feo detalle más de insensibilidad y falta de respeto ante el 11-M. En este caso, por parte de los novios. Siguiendo la tradición, después de la ceremonia religiosa, se trasladaron a la iglesia de Atocha para depositar el ramo de flores de la novia. Todo el mundo esperaba que, en esta ocasión, lo hicieran no ante la virgen sino a la entrada de la estación.

Pero, cuando después de cruzar la glorieta del emperador Carlos V, en busca del paseo de la infanta Isabel, pasaron junto a la estación de Atocha sin detenerse y, ni tan siquiera, mirar. En su felicidad de recién casados, se olvidaron que la virgen de Atocha estaba ese día no en la basílica de su nombre sino en la “Zona Cero”, del destrozado corazón de un Madrid que, con el Bosque de los Ausentes, formado por 192 árboles, recordaba los 192 muertos del atentado que hace hoy diez años.