De “la Reina y yo” a “mi padre y yo”

En cierta ocasión, una azafata amiga mía, de servicio en un vuelo en el que viajaba doña Sofía, preguntó a Su Majestad por sus hijas. La Reina, molesta por la confianza de la aeromoza, le respondió en un tono bastante cortante: “¡Se referirá usted a las infantas…!”.

Hoy, le tendrían que preguntar, le gustara o no, por el impresentable de su yerno o  por la imputada de su hija.

Aquella era una época en la que a don Juan Carlos no se le cuestionaba como Rey ni se pedía su abdicación; ni a doña Sofía como Reina ni se le criticaba; ni al Príncipe ni a las infantas a los que se les llamaba con respeto Altezas Reales.

Se trataba, entonces, de una familia real “ejemplar”, que ocupaba una semana sí y otra también las portadas del Hola y no las páginas de sucesos de la prensa diaria.

Los problemas matrimoniales no trascendían. Es más, la primera y gran crisis entre don Juan Carlos y doña Sofía, se produjo con la “huída” de esta y sus hijos a la India para no volver jamás. Una mujer herida abandonaba a su esposo el Rey y al país del que era Reina desde hacía solo unas semanas y volaba hacia Madrás, para refugiarse  en los brazos de su madre. No le valió eso de que “no es cierto lo que te cuentan”… “no es lo que imaginas” …. “ni siquiera lo que parece” … Pero lo había visto con sus propios ojos. Mala suerte… para los dos … para ella … para él.

El repentino viaje se “justificó”, oficialmente, debido a una enfermedad de la Reina Federica, entonces viviendo en el país asiático. Incluso, se pensó en La Zarzuela que yo viajara hasta Madrás para realizar un reportaje, ¿un montaje? de doña Sofía con su madre. Como si no hubiera pasado nada. ¡Ni se le ocurra venir!, fue su respuesta.

¿Se marchó la Reina para no volver? En ese momento, sí. Su dolor y humillación eran tan grandes que la impedían razonar. Para hacerla regresar hubo que desplegar dios y paciencia y toda la diplomacia de La Zarzuela y del gran José Joaquín Puig de la Bellacasa. Además, sin que nada trascendiera.

Hoy, hubiera supuesto un escándalo de proporciones siderales. ¿Entonces? ¡Importaba tan poco la monarquía! Los consejos de su madre, la Reina Federica y el sentido de la responsabilidad y la dignidad real le ayudaron a regresar. Aquel día, doña Sofía perdió la batalla, perdió la guerra.

A pesar de todos estos problemas y crisis sentimentales, el matrimonio decidió mirar para otro lado y seguir juntos en beneficio de la Institución. Como si nada pasara. Cada vez que don Juan Carlos hablaba, siempre se refería a su esposa, respetuosamente, como “la Reina y yo”, frase que se convirtió en un latiguillo. Hace años que ya ni la menciona.

Doña Sofía se ha referido y se refiere siempre a su esposo como quien es. “Mi vida es la vida del Rey. No tengo otra vida”.

El Príncipe y las infantas, también. Es más, no suelen referirse a él como “mi padre” sino como “el Rey”.

Por ello, sorprendió y mucho que la Infanta Cristina , en un momento de su bochornosa y cínica comparecencia ante el juez Castro, como imputada, cuando éste inquirió sobre el préstamos que el Rey le dio para adquirir el palacete de Pedralbes, ella lo justificara diciendo entre lágrimas: “Al fin y al cabo es mi padre”.

Algunos periodistas cortesanos han criticado al juez por dirigirse a la Infanta como “señora” y no como lo hicieron sus abogados, el político Roca y el cursi de Silva, que siempre, cuando le interrogaban: Alteza para acá, Alteza para allá, Alteza, Alteza. Pienso que el tratamiento de señora era suficiente y, además, respetuoso.

Otro día les escribiré sobre la forma en que Letizia se refiere a su reales suegros.