¿Un Rey emérito?

A la campaña, irresponsable ella, sobre una posible abdicación del rey don Juan Carlos, promovida, incluso, por el entorno del soberano, (la revista Vanity Fair del pasado enero publicaba que “Letizia es quien ha presionado más para que abdique”) se suma hoy El País con un artículo del historiador Santos Juliá, titulado “La erosión de la Monarquía”.

Partiendo de la base de que “el Rey es dueño de su propia muerte”, el articulista piensa que sería bueno para la Institución y para la democracia “la transmisión en vida de la corona”. ¡Lo que faltaba a un país, España, con todas las instituciones en crisis! Desde la Jefatura del Estado, con una Infanta imputada y una consorte en la picota de la polémica mediática; un Gobierno con seis millones de parados y hasta una oposición buscando su líder.

La abdicación del Rey sería no solo inoportuna sino el más grave de todos los problemas. No cabemos en casa y parió la abuela. ¿Ha pensado el señor Santos Juliá sobre la Monarquía que recibiría el heredero, una Institución no bajo mínimos de aceptación sino desprestigiada por las actitudes, presuntamente delictivas, del yerno y de la hija del Rey? ¡Menudo regalo envenenado iba a recibir el príncipe Felipe! Aún siendo un heredero muy preparado, eso dicen, carece del carisma y de la aceptación popular de su padre. A pesar de todo.

Comparto con Santos Juliá su reflexión sobre el juancarlismo, fruto de esa aceptación de los ciudadanos, no tanto por la Institución sino por la persona que lo encarna. Se da la peligrosa situación de que España no es una Monarquía con monárquicos (los pocos que existen no le hacen ningún beneficio) sino con millones de juancarlistas. Con todo el riesgo que ello conlleva. Porque, si falla la persona, ¿qué es lo que queda? Nada, un vacío.

Otra cosa diferente sería si en España existiese una institución sólida y respetada. Como en el Reino Unido. Cuando el drama de Lady Di, nadie supo comportarse como debía porque todos fallaron. Desde la Reina al príncipe Carlos. Pero los ciudadanos de Su Graciosa Majestad condenaron, públicamente, a las personas que no estuvieron a la altura de las dramáticas circunstancias pero respaldaron a la Institución, tan sólida y prestigiosa ella.

Me parece de una gran ingenuidad por parte del articulista pensar que “una vez la democracia consolidada (¿es que no lo está?) bastaría que la mayoría de la gente dejara de ser o sentirse juancarlista para aceptar, tácitamente, la Monarquía, desvinculada de la propia persona del futuro Rey”.

Pedir que don Juan Carlos se convierta en un Rey emérito, en un jubilado de oro, ni sería bueno para él ni para el Príncipe ni para el país. No me cabe la menor duda que don Juan Carlos es el único que puede sacar a la Monarquía de la situación en que se encuentra.

Lo demás, sería colocar a la Institución frente a un referéndum de resultados imprevisibles. Ni la derecha en el Gobierno ni la izquierda cuando estuvo se atrevieron a reformar la Constitución. Simple y sencillamente por el temor a un plebiscito sobre la corona.

El señor Santos Juliá sabrá que los españoles nunca fueron preguntados por la forma de Estado que deseaban. Lo de la Monarquía fue incluida, muy inteligentemente, en un paquete sobre la Constitución, votada mayoritariamente por todos los españoles, en 1978. Pero a muchos les gustaría ser preguntados. La abdicación del Rey sería una peligrosa oportunidad.

Poner como ejemplo la renuncia del Papa no es acertado ya que como el historiador reconoce “debe su elección a los inescrutables designios de la providencia”. Pues eso, dejemos las cosas como están y pidamos tiempo al tiempo que el tiempo, tiempo nos dará.

¡Larga vida a Su Majestad!