Tonta honoris causa pero tonta

¿Cortesanos?, todos. No solo algunos periodistas sino también el Presidente del Gobierno, el ministro de Justicia, el Fiscal General del Estado, los inspectores de Hacienda, el fiscal Horrach, la Abogacía del Estado…

A ninguno de estos funcionarios les avergüenza defender a una imputada por el solo hecho de ser, más que Infanta, hija de Rey. Sin tener en cuenta que hasta don Juan Carlos, estas actitudes tan cortesanas no le agradan. “En la Casa hubieran preferido un Rajoy silente en la entrevista en Antena 3, adelantando acontecimientos”. A todos se les ha visto el plumero.

En lo de la Infanta, una vergüenza nacional, todo el mundo ha opinado. Unos a favor, los menos; otros en contra, la mayoría. Pero llevará siempre el marchamo de culpabilidad social: que si quienes la defienden cumplen órdenes del Gobierno… que si hubiera sido otra persona, el tratamiento hubiera sido distinto (más bien va a ser que sí)… que si la abogada de Manos Limpias es la mejor aliada del juez Castro… que si esto… que si lo otro…

Sorprende que nadie se haya preguntado: ¿había necesidad de todo esto? ¿Es que no se le cae la cara de vergüenza a quien tenía la obligación de comportarse con ejemplaridad? ¿Es que teniendo tantos privilegios desde la cuna y solo una obligación no le ha importado dañar, con sus hechos, presuntamente delictivos y, en todo caso, bajo sospecha, a su padre el Rey, a la institución y a la Familia Real de la que forma parte?

Los que la defienden se olvidan que, tanto ella como su indigno marido, un tipo de cuidado, son los responsables, no solo de haber dividido a la Familia sino también a los españoles. Y lo que es peor: situar a la Monarquía en el nivel más bajo de aceptación en los 38 años de existencia.

En su soberbia, a Cristina todavía no se le ha ocurrido pedir perdón públicamente. Muy al contrario. No le ha importando despedir este año tan dramático para ella y la Casa Real, celebrándolo en uno de los hoteles de más lujo de París. ¡Qué desvergüenza! Eso sí, protegida siempre por nueve escoltas pagados por el Estado, que le permiten moverse con toda la impunidad tanto en Ginebra como en Madrid y en Barcelona.

Para la comparecencia ante el juez Castro, el próximo día 8 de febrero, se está montando todo un operativo por las fuerzas de Seguridad del Estado como no se había visto nunca, nunca.

Y todo para proteger a una Infanta que no merece serlo y que siempre se creyó impune. Con toda la razón. Lo peor es que sigue siéndolo. A las pruebas me remito. Ni dios se atreve, no ya a condenarla, ni tan siquiera señalarla. Solo la opinión pública. La publicada, algunos.

“Al margen de que efectivamente la condición de tonto honoris causa no esté al alcance de cualquiera”, como dice Pedro J., habrá que pensar que si la Infanta no sabía nada de los manejos de su marido, Iñaki Urdangarin, y “creía” que los palacios y los dineros caían del cielo, debería reconocerse que es tonta. “Tonta honoris causa”. Pero tonta. Yo les digo a ustedes que no lo es.