La impuntualidad de Felipe y Letizia

La puntualidad es obligada en reyes y príncipes. Don Juan Carlos, al igual que su prima la reina Isabel, no solo es sino que tiene obsesión casi endémica. Nada le desagrada más que llegar tarde a un acto oficial. Suele decir que si está previsto para las doce, procura estar a las 11:45.

Sus peleas con la reina, cuando aún convivían más o menos, eran, según él, por culpa de la falta de puntualidad de doña Sofía, cuando todos creíamos que el impuntual era él.

Llegó a ser tan preocupantemente excesiva que, en cierta ocasión, en la que se celebraba un acto religioso, en la capilla del Palacio de la Zarzuela, creo que en memoria del conde de Barcelona, le suplicó la reina que, aunque solo fuera por una vez, procurara no retrasarse.

Doña Sofía, que tiene un cáustico sentido del humor, se lo tomó tan a pie de letra que, media hora antes de la programada, se presentó en el despacho del Rey, no solo vestida y arreglada de pies a cabeza, sino incluso con el bolso del brazo. Como la prima Lilibeth: “Juanito, ya estoy”.

La anécdota viene a esta columna por la falta de puntualidad del príncipe Felipe y su inefable esposa Letizia, en uno de los actos programados durante su visita oficial a los Estados Unidos. Sucedió el pasado viernes.

El embajador norteamericano en España, James Costo, y su marido, como a ellos les gusta llamarse o su compañero, como ustedes gusten, James Smith, habían organizado, en su lujosa mansión de Beverly Hills, una cena en honor del heredero español y esposa a la que estaban invitados cien personas más o menos importantes. Algunas de las parejas invitadas, decidieron marcharse.

Con una total e imperdonable falta de cortesía, los príncipes (ella vestida y maquillada mitad rockera, mitad cabaretera), llegaban, no con unos minutos sino… una hora tarde. Tal retraso, no se le permite ni a un rey. Con decir que, en el Reino Unido, todavía se recuerdan los cinco minutos tarde que la reina Isabel llegó el 15 de noviembre de 1977, al bautizo de su primer nieto.

Cierto es que, aun tratándose la meca del cine, los únicos famosos presentes en la fiesta del señor embajador y marido, en honor de los príncipes españoles, eran Antonio Banderas y Benicio del Toro, dos artistas para andar por casa.

Nada que ver cuando don Juan Carlos y doña Sofía, todavía príncipes de una monarquía inexistente, visitaron Los Ángeles en su viaje de luna de miel. En la cena ofrecida en honor de la pareja, por el pianista español, José Iturbi, asistieron las más grandes figuras del cine del momento: John Wayne, Anthony Quinn, Henri Fonda, Kirk Douglas, entre otros.

El tema de los retrasos no es nuevo. Llueve ya sobre mojado. La pasada semana, Letizia llegaba siete minutos tarde a un acto tan solemne como el ingreso en la Real Academia de la escritora Carmen Riera.

En Madrid, el atasco suele ser un pretexto muy socorrido, para justificar tal grosería pero, en Los Ángeles y en visita oficial, es injustificable ese comportamiento.