Esposa o amante

No poseen ningún título oficial. No son, legalmente, responsables frente a nadie. Salvo al hombre con quien intercambiaron, en su día, promesas matrimoniales. No figura en el protocolo oficial. No tienen otra asignación económica que la de su profesión, si es que trabajan, o la del dinero que gana el marido. Como cualquier ama de casa. Aunque no están obligadas, se les exige una presencia decorosa junto al esposo en actos oficiales.

Se trata de las primeras damas, designación que se da a la mujer casada con el hombre a quien todos llaman “Señor Presidente”.

Esta semana, y con motivo de la Fiesta Nacional de Francia, el pasado 14 de julio, se ha puesto de manifiesto, de una forma polémica, el papel de una primera dama, que no es esposa sino amante del Jefe del Estado. Como tal, junto a él, compartió la ceremonia institucional del desfile militar. Lo que ha indignado a algún que otro colectivo que presiona al Presidente para que se case.

Cierto es que el desempeño de una función pública del marido no tiene por qué cambiar, sustancialmente, la vida de su esposa, compañera o amante.

Lo intentaron en España Amparo, la esposa de Suárez, que el día que su esposo fue designado Presidente se encontraba de vacaciones en Ibiza.

“¿Tú crees que es necesario mi presencia en Madrid?”. Cierto es que se trataba de una primera dama excepcional que nunca quiso serlo. Carmen Romero, se negó, en principio, a tener un papel público, junto a su esposo, el presidente Felipe González. Sonsoles Espinosa, esposa de José Luis Rodríguez Zapatero, tampoco. Esta actitud la mantuvo a lo largo de las dos legislaturas. Y Ana Botella fue diferente. Inició su carrera política en la propia Moncloa. Cada una de estas primeras damas y, por motivos diferentes, dejó su impronta y su huella a su paso por la mansión presidencial.

Diferente es si decide, como Valerie Trierweiller, la compañera de François Hollande comparecer públicamente en actos oficiales junto a él. Muy ético no parece. Sobre todo, cuando no existe ni problema ni impedimento alguno para contraer matrimonio. Ella, es divorciada y tiene tres hijos de una anterior relación: el, 4 con Ségolene Royal, con quien tampoco se casó.

A veces, por no decir siempre, el cargo tiene cargas, que es obligado a aceptar. Como hizo Mitterrand (que tampoco es un buen ejemplo moral) quien convivió en el Eliseo con su esposa Danielle Gouze, cornuda ella, mientras le había puesto un piso a su amante Anne Pingeot, con quien, incluso, tuvo una hija, que el mundo entero conoció el día de su muerte. Pero es que el respeto a la Jefatura del Estado, es obligado aunque sea tan hipócritamente como ocurre en el caso del rey Juan Carlos y la reina Sofía cuya relación es inexistente, como todos sabemos. Ni aún así. Siempre hay que guardar las formas.