Para intentar conseguir el trono de España

Un Príncipe corrió los encierros de Pamplona

Esta semana ha hecho cincuenta años que la pelota de la sucesión al trono español no solo estaba en el tejado sino en la voluntad del general Franco. Aunque había varios pretendientes, en esa época no se había decidido aún por ninguno. A don Juan, conde de Barcelona, le mantenía a raya en el exilio portugués de Estoril, sin permitirle, ni tan siquiera, repostar en puertos españoles cuando navegaba en “El Saltillo” por el Mediterráneo. Y a don Juan Carlos, dócil y disciplinadamente obediente, en expectación de destino en La Zarzuela.

En aquella época, Franco permitía conspirar a otros dos príncipes de las Casas Borbón y Borbón Parma, Alfonso y Carlos Hugo, cuyos nombres llegó a utilizar, en conversaciones con el primo y jefe de su Casa, Franco Salgado Araujo.

Los dos también podían beneficiarse en su día de la Ley de Sucesión por reunir, según el caudillo, todas las condiciones exigidas: católicos, de familia real, y treinta años (cuando los cumplieran).

Alfonso de Borbón Dampierre intentó, posteriormente, conseguir el trono español casándose con la nietísima del general, Carmen Martínez Bordiú, aunque llegó un poco tarde. Carlos Hugo de Borbón Parma lo haría contrayendo matrimonio con la princesa real Irene de los Países Bajos.

El interés del príncipe carlista por la hija de la reina Juliana, comenzó a raíz de la boda, en Atenas, de Juan Carlos y Sofía. Hay que recordar que la princesa holandesa, gran amiga de la hoy reina de España, figuraba como dama de honor en la ceremonia.

Desde aquel día, Carlos Hugo inició la conquista del corazón de Irene al más tradicional y viejo sistema: impresionarla por su valor y arrojo, en la fiesta española más conocida en el mundo entero: los sanfermines.

Ignoro que influencias utilizó y que maniobras realizó para que, el 7 de julio de 1963, fiesta de San Fermín, baluarte entonces, junto a Navarra, del carlismo español, la princesa Irene ocupara uno de los palcos de la plaza de toros. En otro, no muy distante, estaba Carlos Hugo.

El entusiasmo desbordante del público que llenaba el coso, vitoreando al príncipe Carlos Hugo, con esa vehemencia que solo los navarros saben poner ese día, sobre todo si tienen dos copas de más, impresionó profundamente a la hija de la reina de Holanda, ignorante de que todo estaba preparado de antemano.

No hay que olvidar que, el día anterior, Carlos Hugo no solo había corrido el encierro, como un mozo más, sino que había hecho un peligroso quite cuando, uno de los toros que corría por la calle de la Estafeta, intentó empitonar a uno de los corredores. Aquel quite, posiblemente le salvó la vida al mozo pamplonica. Por supuesto que una cámara captó “oportunamente” el momento. La fotografía aparecía, el día siguiente, en la primera página del Diario de Navarra. El público que llenaba la plaza, al advertir la presencia del príncipe, le vitoreó con entusiasmo, lo que impresionó vivamente a la princesa. Carlos Hugo había comenzado a conquistarla, con las armas que disponía. Aquella maniobra surtió efecto ya que, un año después, se casaban.

Desde ese momento, el pretendiente carlista así como Alfonso de Borbón más tarde, iniciaron las maniobras conspiratorias para intentar desplazar a Juan Carlos de la carrera al trono de España, aspiraciones que mantuvieron mientras Franco se lo permitió.

Quien a iba a pensar que todo comenzó con un encierro pamplonica.