Las reinas traicionadas

La inmunidad real solo debe serlo ante la ley no ante la infidelidad

No es la primera vez que una reina es engañada. Esto ha sucedido siempre en las monarquías europeas, en el seno de las familias reales. En este caso, Paola de Bélgica. Una joven de 45 años, Delphine, reclama en los tribunales de justicia ser reconocida como hija de Alberto, rey de los belgas. Con una gran diferencia con otros casos similares: la propia madre de la joven, la baronesa Sybille de Selys Longchamps, de 71 años, ha desvelado a la prensa todos los detalles de las relaciones adúlteras con el soberano y que convierten a la bella Paola en una mujer engañada, en una reina cornuda.

Una vez más, los bastardos quieren tener voz. Como lo consiguió Leandro de Borbón, el bastardo español, nacido de los amoríos de Alfonso XIII con la actriz Carmen Ruiz Moragas. A diferencia de Delphine, el buenazo de Leandro no necesitó de las pruebas de ADN. La paternidad del abuelo de nuestro rey estaba más que documentada.

No ocurre lo mismo con otro presunto bastardo que, estos días, está dando la barrila para ser reconocido como hijo de don Juan Carlos. La demanda no la aceptan los tribunales por razones obvias, por razones constitucionales.

Ignoro si doña Sofía piensa como su antecesora, la reina Victoria Eugenia, una sufridora esposa quien me reconoció, en la última entrevista concedida en su exilio de Ville Fontaine, en Lausanne, “desengáñese, Peñafiel, los españoles son muy malos maridos y, aunque se casan enamorados, en seguida son infieles. Quiero pensar que por naturaleza”. Pero a la periodista francesa Françoise Laot si que le declaró nuestra reina: “el rey se las arregla muy bien solo”. Por ello, hace ya tiempo que la soberana española decidió cerrar los ojos y tirar para adelante, arrastrando su desamor y procurando que ni tan siquiera la “amiga entrañable”, aparecida en la portada del Hola, la hiera. Ella sabe muy bien lo que significa mantener el tipo y la dignidad. Aún en los momentos en los que ha sido desairada públicamente.

Doña Sofía no es la única reina a quien el desamor le impide no solo ser feliz sino que, incluso, ha convertido algunos años de su vida en annus horribilis.

También Su Graciosa Majestad británica, la prima Lillibeth. Las infidelidades de su esposo, el príncipe Felipe, se pusieron de manifiesto en 1992, con las relaciones mantenidas con Susanne Ferguson, madre de su nuera Sarah. Asimismo en un libro Philippe & Isabel, portrait of a marriage de Gyles Brandreth (Random House, 2005), se aseguraba que el marido de la reina había mantenido una amistad apasionada con una aristócrata, 25 años más joven. Se trataba de la duquesa de Abercorn. Según la escritora, sus relaciones duraron veinte años.

En la monarquía de Suecia, ni la inmunidad del rey (la inmunidad real solo debe serlo ante la ley no ante la infidelidad) ha impedido que todo el país se enterara de que Carlos Gustavo es un golferas que se lo montaba en el mismo apartamento que lo hacía su abuelo y su padre.

Lo que más sorprendió a los tolerantes suecos, tan permisivos ellos en lo que al sexo se refiere, es que Su Majestad le ponía los cuernos a su esposa, la reina Silvia, no con una, que puede entenderse e, incluso, perdonarse, ni con dos, que ya es pasarse, sino con … tres que es un escándalo.

La revista sueca que se atrevió a desvelar la actividad sexual del rey, ofrecía, incluso, los nombres y las fotografías de las jóvenes. Lo bueno de esta historia es que el rey lo reconoció pero explicando que de eso hacía ya muchos años.

Si la reina Paola de los belgas ha tenido que aceptar que su esposo, el rey Alberto, es padre de una hija, nacida fuera de su matrimonio, peor fue lo de la reina Beatriz de los Países Bajos, cuando supo que su padre, el príncipe Bernardo, había engañado a su esposa, la reina Juliana, no con una sino con dos amantes de las que habían nacido sendas hijas: Alexia, habida de su relación adúltera con la baronesa holandesa Hellen Lajeune y Alicia, de una amante británica. Nadie en Holanda conocía estas historias extra conyugales del consorte de la reina y la cornuda real menos que nadie.

Todos estos casos solo han sido aventuras ocasiones que no han puesto en peligro los reales matrimonios. Salvo el del rey Hussein de Jordania con la bellísima reina Noor. El cáncer que acabó con la vida del soberano hachemita impidió a su esposa saber si la hubiera abandonado por una joven periodista palestina de la que se había enamorado.

“Si tu felicidad depende de otra persona, por favor, dímelo. Te amo lo bastante como para dejarte ir” (“Noor: Memorias de una vida inesperada”. Plaza y Janés 2003) .

No cabe mayor demostración de amor y generosidad. Otras reinas engañadas prefieren mirar para otro lado y seguir juntos en beneficio de la institución. “Yo a mi esposo no le pido fidelidad sino lealtad”, como le dijo Su Graciosa Majestad a quienes venían con el cuento de que su marido le estaba engañando.