Cristina, ¡Qué tragaderas tienes!

La intimidad es un tesoro curioso que puede dormir, incluso, aún bajo los golpes más crueles. A veces despierta herida de muerte. Estoy seguro del esfuerzo que está haciendo la infanta Cristina para tenerse en pié.

Solo existe una nobleza que no necesita ni corona ni manto, la dignidad que, en el caso de la duquesa de Palma, está soportando dolorosas experiencias que deshonran la familia. Personalmente me está dejando estupefacto contemplar como acepta, sin descomponerse, esta dolorosa situación visible y muda.

Me parece muy bien y acertado que el gran juez José Castro haya prohibido a Torres aportar correos privados de Urdangarin que afectan a su intimidad. Algunos sobre presuntas infidelidades. La intimidad, se mire como se mire, siempre es sagrada. No hay nada que justifique la intromisión mediática en este terreno. Aunque el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen depende también de la actitud del personaje. Cierto es que Freud pensaba que “si una biografía pretende penetrar hasta lo más hondo de la vida psíquica del personaje, no puede pasar, en silencio, como casi siempre ocurre, por discreción o por mojigatería, las características sexuales del individuo”.

Las de Urdangarin parecen ser “una obsesión cuasi enfermiza como evidencian sus correos electrónicos”, según Miguel Angel Mellado, en su sección “Panorama” del pasado domingo en “El Mundo”.

También Andrew Morton, en su último libro Lady of Spain escribe, en la página 122 que a Iñaki “no le bastaba hacerle la corte a la infanta, tenía otra amante, S.L., secretaria en la consulta de un médico”, independiente de una novia formal, Carmen Cami, con quien estaba a punto de casarse cuando conoció a Cristina. “Tras amanecer en la cama de Carmen, Iñaki se escabullía a un romántico chalet, escondido en el mismo pueblo y que era el nido de su amor con Cristina”, página 137.

Por todo esto y mucho más, me parece bien la prohibición judicial sobre la presunta actividad sexual extra conyugal de la que Iñaki parece presumir con su socio.

Ello no impide que Cristina, una sufridora esposa, las conozca. ¿Y las acepte? Se trata de una actitud sobrehumana que está terminando por considerar sobrehumana su propia persona. Más allá de ciertos límites, hay solo un medio de lucha contra tal bajeza: cambiar su papel de víctima. Aunque, en este caso, puede que ella se haya convertido ya en medio víctima y medio cómplice.

No solo acepta seguir conviviendo con el hombre que tan gravemente ha dañado la Institución que todavía representa, al propio rey y a la Familia Real, con actividades presuntamente delictivas. También comparte techo y lecho conociendo, como debe conocer, las actividades que afectan a su vida más íntima de pareja. Si así es, ¡que tragaderas tienes, Cristina!

La falta de dignidad tiene un límite. Sobre todo cuando se es infanta de por vida, título al que no puede renunciar ni le pueden desposeer por el hecho de ser hija de rey. Sí, el de duquesa de Palma y también los derechos sucesorios. Solo le queda dar un paso para recuperar la dignidad: el divorcio. Al menos que su amor, aunque le haya llenado de frustración y amargura, sea ciego y desalmado. Su hermana Elena se divorció por menos motivos y la cuñada Letizia también está divorciada. No supondría ningún escándalo.