De la corona de Fabiola a la tiara de Letizia

(Al querido y admirado Javier Ayuso)

La abdicación de la reina de los Países Bajos y la coronación de su hijo Guillermo, la pasada semana, ha dejado varias anécdotas referidas a la inefable Letizia. Una de ellas el “sombrero en la oreja”, “la parábola sobre la cabeza”, “el disco color titanio”, “el ridículo diseño excéntrico que no entendía nadie”, hasta el extremo que la versión norteamericana del Huffington Post se preguntaba “¿Qué coño es eso?”. Simple y sencillamente, un artilugio, una ridícula creación de la sombrerera Maria Nieto, que sirvió para que toda la prensa internacional se mofara de ella, como ha recordado mi compañera y experta en moda, Beatriz Miranda. Yo, que Letizia, no se lo perdonaría nunca y la borraría de la lista de “proveedora de la Real Casa”. La pobre se creyó Philip Treacy, el creador de los sombreros más espectaculares que se suelen ver en las bodas reales, como en la de Guillermo y Kate Middleton, así como en las carreras de Ascot.

Otro complemento polémico fue la tiara que la consorte llevaba la noche de la gran cena de gala, al igual que las otras princesas presentes en Ámsterdam.

Se trataba de la que el general Franco ofreció, como presente, a la entonces princesa Sofía de Grecia cuando se casó en Atenas con don Juan Carlos: una valiosa joya de diamantes multiuso (se puede utilizar también como collar o pulsera) que doña Carmen adquirió, como regalo de boda de la futura reina de España, en la joyería Aldao de Madrid, proveedor habitual de la generalísima. Esta tiara, auténtica, la llevó igualmente la infanta Cristina el día de su boda con el impresentable Iñaki Urdangarin, en Barcelona.

Pues bien, a La Zarzuela no le gustó se recordara los antecedentes de dicha tiara hasta el extremo de intentar desmentirlo con llamadas a programas de televisión y periódicos. Como de sabios es rectificar, lo hicieron. Mantenerlo hubiera sido manipular y negar a historia.

Como negar el que Franco ofreció a Fabiola, con motivo de su boda con Balduino, que la convertiría en reina consorte de los belgas. Pero aquel regalo que el pueblo español ofreció a la futura soberana, si resultó una vergüenza nacional que sí que es mejor olvidar.

Se trataba de una espectacular corona de plata antigua con incrustaciones de “piedras preciosas”. Esta “joya”, luego resultó no ser tal, fue adquirida por doña Carmen, por la generalísima, pagando por ello un fuerte precio.

Más tarde pudo comprobarse que los “rubíes” y las “esmeraldas” no eran auténticas. Habían sido sustituidas por piedras falsas, a lo largo de los duros años de la posguerra, presuntamente por las religiosas de un convento en el que se hallaba depositada por sus propietarios, para lograr sobrevivir a tanta hambruna como había entonces. Posiblemente, con la colaboración de un experto. La corona la encontró doña Carmen en un anticuario madrileño del que era clienta y que, ignoraba, al parecer, los manejos al que la joya había sido objeto. Otros pensaron lo peor…

La corona en cuestión fue lucida solo una noche, la de la primera aparición pública de Fabiola en el palacio de Laeken de Bruselas, con motivo de la cena de gala, ofrecida la víspera de la boda.

De ella, jamás se supo y de la historia, nadie se atrevió a hablar entonces y, mucho menos, publicar, of course. Sucedió en el año 1960, durante el puro y duro franquismo. Pero ahora estamos en otra época, en pura democracia, querido Javier.