Mis otras coronaciones

Mañana tendrá lugar en Ámsterdam, la entronización de los nuevos reyes de los Países Bajos, Guillermo y Máxima, la más hermosa de las “letizias” europeas. Hacía 116 años que ningún varón ocupaba el trono holandés y 37 que don Juan Carlos se convertía en rey de todos los españoles.

En ambos casos, lo de “coronación” es un decir. Ningún soberano ciñe ya la corona. Tanto en el Palacio de las Cortes, en Madrid, el 22 de noviembre de 1975, como en la Nueva Iglesia, de la ciudad holandesa, ésta solo estaba presente como símbolo del poder secular y dignidad regia. Se da la circunstancia que, en ninguno de los dos casos, estas coronas son de oro sino de plata dorada.

Isabel de Inglaterra es la única soberana que se corona, en el más exacto sentido de la palabra. Todos los atributos de la realeza, corona, cetro y orbe, son valiosísimas joyas de incalculable valor. La corona de San Eduardo, que aparece en la cabeza de la soberana el día de su coronación, el 2 de junio de 1953, y en actos como la apertura del Parlamento, pesa dos kilos y medio y lleva cuatrocientas piedras preciosas. Data de 1661 cuando fue coronado Carlos II.

Este columnista ha sido testigo de las dos coronaciones más surrealistas de la historia más reciente. Aunque muy diferentes entre si. Una, la de Reza Pahlevi, como emperador de Persia, el 26 de octubre de 1967 y la otra, la de Abel Bokassa, aquel negro africano quien, como todo loco, se creyó Napoleón y, como tal fue coronado el 16 de enero de 1979, en Bangui, la capital de Centro África.

Aunque las dos intentaron emular al emperador de Francia, autocoronándose, el Sha, un gran estadista en su época, lo hizo en el palacio de Golestán de Teherán, sobre el famoso trono del “Pavo Real” y ciñéndose la espectacular corona que su padre, Reza Sha el Grande, mandó realizar exigiendo que se hiciera con las piedras más valiosas del tesoro imperial. Por su parte, la corona que el Sha colocó sobre la cabeza de Farah, cuan Napoleón coronando a su Josefina, fue realizada en París por el gran joyero Van Cleef. Para ello se utilizaron tres grandes esmeraldas, dos rubíes gruesos como nueces, otros veinte como avellanas, 80 gruesas perlas y 1,469 brillantes. En total, un kilo seiscientos gramos.

Bokassa, por el contrario, se hizo coronar sobre un espectacular trono de cartón piedra, colocado en el estadio de la ciudad.

Su corona, con más de 300 diamantes de las minas centroafricanas, esos brillantes que tanto le gustaban al presidente Giscard, promotor de esta coronación tan bufa, fue realizada en París. Así como el cetro rematado por un espectacular diamante.

Testigos de aquella surrealista ceremonia, este periodista y Alberto Aza, “fontanero”, entonces, de La Moncloa , en época de Adolfo Suárez, quien representaba a Su Majestad el rey don Juan Carlos. Años más tarde, fue designado Jefe de su Casa.

Como regalo al nuevo emperador, el rey de España le enviaba una gigantesca bandeja de plata que tuve que ayudarle a llevar cuando Bokassa le recibió en audiencia especial.

En la cena de la coronación del Napoleón negro dicen que se sirvió carne humana, procedente de unos escolares asesinados para tal fin. Si así fue, tanto Aza como este periodista puede que hayan sido caníbales sin saberlo. Como hoy, los que comen carne de caballo por ternera.

Años después, tanto el Sha como Bokassa fueron derrocados. El primero, por el poder de los ayatolás y la colaboración del presidente Carter, uno de los grandes errores de los norteamericanos. El segundo, por sus crímenes. De aquel sargento y emperador, solamente quedó un pobre loco que se creyó Napoleón.