El Rey… anda

Ayer, al mediodía, recibí un curioso mensaje en mi móvil: “Jaime, el rey ya camina. Ha resucitado como el paralítico de la Biblia”.

Caerse está permitido. Don Juan Carlos se ha caído demasiadas veces. Levantarse es obligado. También lo ha hecho, incluso, precipitadamente. Quien no se cae nunca no tiene una idea justa del esfuerzo que hay que hacer para mantenerse en pié. Era angustioso verle manteniendo el tipo sin poder. Pero hay caídas que nos sirven para levantarnos más felices. Como en esta ocasión.

Todos estos pensamientos, algunos anónimos persas, lo recuerdo a propósito de “la resurrección” de don Juan Carlos a quienes muchos, demasiados, ya le veían, como mínimo, inmovilizado en silla de ruedas cuando no postrado en la cama. Incluso hubo quien me dijo “no le volverás a ver de pié”.

Estos rumores los inventaban y propagaban, no algunos amigos míos que lo hacían con dolor, sino otros muchos que deseaban tan irresponsablemente y con motivos torticeros la abdicación. Incluso un militar de muy alta graduación próximo a La Zarzuela.

Según mi compañera en “El Mundo”, Ana Romero, y como ya he comentado aquí la noticia, el ¿general? se atrevió a pedir al Príncipe exigiera a su padre, el Rey, la abdicación. ¡Habrase visto tal osadía! ¿Cómo puede un miembro de las Fuerzas Armadas solicitar tal cosa al heredero? Ni un sindicalista de izquierdas ni tan siquiera Cayo Lara se atrevería a tal cosa, aunque lo estén deseando por aquello de ser el primer paso hacia la III República.

Esta insultante petición se merecía una respuesta más contundente que la de Felipe, quien se limitó a decirle “yo no puedo pedir tal cosa a mi padre”. Tenía que haberle puesto firme y despedirle con cajas destempladas amén de solicitar al ministro de Defensa abrirle un expediente si lo consideraba oportuno.

Por todo ello y por mucho más, ha hecho bien Su Majestad en ponerse en pié, advirtiendo que “aquí estoy dispuesto a dar mucha guerra”. ¡Que se preparen!

Me gustó que doña Sofía tuviera el detalle de acompañarle en la audiencia a Caballero Bonald, premio Cervantes de este año. Estoy seguro que habrá sido la primera en alegrarse de ver a don Juan Carlos recuperado o en vías de recuperación.

Como hija de rey que es, sabe muy bien que la abdicación ni se contempla. Lo dejó claro al decir, en varias ocasiones: “A un rey solo debe jubilarle la muerte. Que muera en su cama. Y se pueda decir: “El rey ha muerto, ¡viva el rey!”. Y lo expresa así a pesar de ser una sufridora esposa. ¡Ay! señor, cuánto le hacéis sufrir. Incluso públicamente. Y ya se sabe aquello de si la ofensa es pública, la reparación pública tiene que ser.

Pienso que los escándalos y las traiciones familiares (del yerno y de la nuera a los que tanto apoyó sin merecerlo) le han devuelto la profesionalidad del cargo, haciendo honor a lo que ha dicho siempre:

“Mi vida es la vida del rey. No tengo otra vida. Hago lo que creo debo hacer que, casi siempre, es muy poco: sencillamente estar. No pretendo ¡Dios me libre! acaparar protagonismo alguno. Yo, en mi sitio”.

Hasta que la muerte o el divorcio del que Raúl del Pozo escribe, les separe.