¡¡¡Vámonos ya!!!

Desde que Letizia interrumpiera, bruscamente, al Príncipe cuando charlaba con un modesto concejal de provincias, la frase ¡¡¡Vámonos ya!!! Se ha convertido en una seña de identidad del carácter de la consorte.

Esta semana, hasta mi compañera en “El Mundo”, Carmen Rigalt, en su página del pasado domingo, se hacía eco de la “espantá” de la Princesa en la embajada de España ante El Vaticano, cuando don Felipe charlaba con el Cardenal Primado de Toledo y el cardenal de Sevilla Monseñor Amigo. Y lo hizo “echando mano a esa fórmula recurrente”: ¡Vámonos ya!

Cierto es que cualquiera que sea la cosa que se quiera decir, no hay más que una palabra para expresarla, un verbo para animarla y un adjetivo para calificarla, que dijo alguien.

Es de justicia reconocer, yo el primero, que Letizia nunca ha engañado a nadie. Desde el día de su presentación en El Pardo, con motivo del anuncio de su boda, dejó bien claro quién es y cómo es. Incluso, delante de toda la Familia Real cuando interrumpió al propio Príncipe diciendo: “Déjame hablar a mi”. Fue su tarjeta de presentación.

Desde entonces hasta hoy ha sido fiel a su manera de ser. A lo peor, no es la adecuada. O, en todo caso, a la que estábamos acostumbrados con doña Sofía quien, como la gran profesional que es, ha sabido siempre como tiene que comportarse. Incluso en situaciones tan desairadas y humillantes como el caso de Corinna, la “amiga entrañable” del Rey.

Pero, en Letizia, las palabras no están para encubrir la verdad sino para decirla, guste o no al personal. Y son las de todos los días y no son las mismas.

Cuando lo del concejal de cultura de Galicia, lo de “¡Vámonos ya!”, lo justificó diciéndole al Príncipe: “si te detienes a hablar con cualquiera, no nos vamos nunca”.

Por el contrario, el “¡vámonos ya!” de la embajada, lo justificó diciendo: “nos están echando”.

Lo que no era cierto. Simple y sencillamente, la charla con los cardenales le aburría. Lo cual no evita, en ambos casos y en todos los casos, momentos de estupor como escribe la Rigalt.

Demóstenes decía que “hay palabras que salvan y palabras que agreden”. Y algunas, incluso, curan el mal de la cólera, según Esquilo.