La Reina, una mujer traicionada… por todos

En la corte y en España entera no se habla de otra cosa, como diría Luis María Anson, que de la imagen de la portada de El Mundo del pasado viernes 11. En ella, aparecían, de derecha a izquierda, la infanta Cristina, S.M. el Rey don Juan Carlos, el impresentable del yerno real, Iñaki Urdangarin, una persona no identificada y… la princesa Corinna Sayn-Wittgenstein.

¿Qué pensó la reina doña Sofía cuando se enteró por la citada fotografía que su muy amadísima hija Cristina y su muy querido yerno Iñaki son amigos de la amiga de su esposo que tanto daño le está haciendo? Sobre todo, desde que la infidelidad real fue pública por culpa de la cacería de Botsuana en la que “la otra” le acompañaba.

Con lo que ha sucedido últimamente, pienso que la soberana debía desconocer esta relación de Corinna … con sus hijos. A lo peor, por aquello de que, quien es engañado, es el último en enterarse. De haberlo sabido, ¿cómo explicar sus recientes movimientos para reivindicar el nombre de su yerno, no solo fotografiándose con él en el exilio dorado de Washington, metiéndole hasta en la sopa en la cena de Nochebuena o en el lecho doliente del hospital de San José, donde don Juan Carlos convalecía de la operación de cadera. Y lo hizo, con luz y taquígrafos para que todo el mundo se enterara.

Nadie lo entendió. Mucho menos sabiendo, como se sabe, que el yerno, a quien “acogió en su real seno”, estaba perjudicando gravemente el futuro de su hijo Felipe, heredero de una monarquía que no hay por donde cogerla.

Doña Sofía , posiblemente, sigue pensando que Iñaki, hoy martes cumple 45 años, es un chico “bueno, bueno, bueno, buenísimo”, como le reconoció a Pilar Urbano. Para la soberana todo lo que se dice y publica son mentiras de la prensa.

Pero, lo que no se imaginaba es que su yerno y hasta su hija le estaban traicionando, invitando a la amiga de papá a eventos organizados por Nóos, la empresa propiedad, al cincuenta por ciento, de Iñaki y de Cristina.

No solamente le engaña su marido sino que sus hijos la traicionan.

Siempre lo he dicho y hoy con más razón que nunca: una afrenta tan pública exige una pública reparación… ¿?

¡Pobre reina, pobre doña Sofía! Ser profesional tiene un límite. Cuando la engañaron por primera vez, voló hacia Madrás para refugiarse en los brazos de su madre, como aquella niña que disfrutaba con las fotos en las que la reina Federica estaba de frente “porque aquí mamá mira a Sofía”. En aquella ocasión necesitaba no solo de la mirada de su madre sino de su ayuda y de sus consejos para restañar la herida que le habían infligido.

Pero hoy, como el coronel de García Márquez, no solo no tiene quien le escriba sino quien la quiera. La fotografía que motiva esta columna es un triste ejemplo.