Suicidio cortesano

Lo que acaba de suceder en el Reino Unido con la broma telefónica de unos periodistas, que se hicieron pasar por Isabel II para interesarse por el estado de la dulce Catalina, no tiene perdón de Dios. No lo de la llamada sino la reacción de los británicos que han demostrado ser unos ridículos cortesanos de padre y muy señor mío.

De sobra es conocido el respeto y la admiración de los súbditos que no ciudadanos por su monarquía, por la Familia Real y, sobre todo, por su Graciosa Majestad.

Lo demostraron con la trágica muerte de aquella engañada y desvergonzada muchacha llamada Diana. Nunca un pueblo exteriorizó una histeria colectiva de dolor tan grande como la que se produjo en sus funerales. Y de alegría en la boda del príncipe Guillermo con Kate Middleton, la joven que acaba de anunciar su embarazo.

En ambos casos, la tradicional flema británica brilló por su ausencia. En este que nos ocupa, también su sentido del humor.

Difícil es entender la reacción ante la broma periodística de dos reporteros australianos que se hicieron pasar por la reina Isabel llamando al hospital. La “soberana” simplemente deseaba saber cómo había pasado la noche la duquesa de Cambridge.

Posiblemente, la broma telefónica hubiera quedado tan solo en una gozosa travesura periodística si la enfermera que atendió la llamada no se hubiera suicidado ante el gratuito y cortesano escándalo. O la enfermera en cuestión era una desequilibrada o la muerte ha sido casual o se trataba de un suicidio “cortesano”.

Ello me recuerda a Erika, una desgraciada criatura, incapaz de superar el protagonismo que la boda de su hermana Letizia le había convertido en lo que no quería ser: hermanísima. Afortunadamente, nadie culpó a la prensa de su suicidio. Como en el Reino Unido se ha hecho con los dos reporteros australianos.

Absurda, ridícula e insultante la reacción del personal del hospital, de los ciudadanos y hasta de los jefes de los periodistas pidiendo perdón y castigando a quienes había que felicitar. Como hizo don Juan Carlos cuando un periodista de Cataluña Radio consiguió hablar con él, haciéndose pasar por el presidente Artur Mas, para felicitarle. Una vez más, el rey demostró tener el sentido del humor del que careció su Casa que consideró “muy grave” el incidente, quedando en ridículo con tal declaración.

Sucedió algo parecido cuando unos reporteros fotografiaron al rey desnudo sobre la cubierta del Fortuna. Todo dios protestó, hasta el presidente Felipe González, mientras el monarca se limitaba a decir ¿me han preguntado a mí?

A lo mejor, Kate, Guillermo o la propia reina reaccionarían igual que don Juan Carlos.