Jockey y el señorito del Morgan

Una de las catedrales gastronómicas más prestigiosas de Madrid, el restaurante “Jockey”, acaba de cerrar. ¿Por la crisis? Yo diría que por la crisis de las tarjetas de los ministerios. Sobre todo, de Interior, frente por frente. Toda la plana mayor solía comer allí. También la de otros.

Antes de la crisis, la clase política, social y económica eran clientes. Del rey abajo, todo el que era alguien en Madrid acudía al restaurante de Cortes, propietario, igualmente, del “Club 31″. Otro gran establecimiento que acaba de cerrar. Como “Príncipe de Viana”.

Mientras tanto, el restaurante de los pijos, “Ten con ten”, tiene tal éxito que hace falta recomendación o esperar mucho tiempo para tener una mesa.

Lo de los “pijos” se lo puso la inefable Letizia, un día que, en compañía de unas amigas, acudió a almorzar. En un momento dado y según relató una de las comensales, la consorte real se levantó al tiempo que decía: “No aguanto a tanto pijo”.

Me gustaría saber que entiende la nieta del taxista por pijo. Tampoco el diputado Rafael Hernando, descalificando al juez Pedraz “por pijo”.

“O no saben lo que dicen o nos inducen al error”, como escribe mi querido Manolo Martín Ferrand.

Pijo, lo que se dice pijo, no era precisamente Corcuera, el electricista que llegó a ser el súper poderoso ministro de Interior con Felipe González y otro gran cliente de “Jockey”.

Uno de los días que acudió a comer, sólo tenía que cruzar la calle, coincidió con el periodista Pablo Sebastián, director entonces de aquel magnífico periódico, “El Independiente“, uno de los mejores de la democracia y responsable hoy de este periódico digital. Le acompañaba quien esto escribe.

Pablo, apasionado de los coches, tenía, en aquella época, un Morgan, el mítico deportivo inglés, que había aparcado en la mismísima puerta del restaurante. El ministro utilizó este coche como arma arrojadiza para referirse a Sebastián como “el señorito del Morgan”, en un violento encuentro del que también fui testigo en la plaza de toros de Las Ventas.

En “Jockey” asimismo coincidí una noche con un ilustre, ilustrísimo personaje, uno de los más importantes de este país. Su sola presencia me colocó en una violenta situación al sentarse en una mesa frente por frente a la que yo ocupaba con Carmen, mi mujer. El motivo no era para menos.

Aquel día había tenido que informarle que alguien pretendía venderme (yo era director de “La Revista”) unas fotografías de su madre, casi nonagenaria, “aparcada” en un piso, reconvertido en residencia clandestina de ancianos.

Las imágenes no podían ser más dramáticas: una anciana desdentada, cubierta los hombros por una toquilla y los pies calzados, en chancletas, por unas zapatillas barojianas. A las fotografías le acompañaba una breve grabación en la que la anciana pedía a su poderosísimo hijo “una dentadura y un transistor para oírle”.

El miserable personaje retiró aquellas fotos pagando, al no menos miserable vendedor, siete millones de pesetas por ellas. Yo que le tenía en alta estima, cometí el error de advertirle, por respeto a su madre que no a él, lo que me pretendían vender.

Pienso que el lector entenderá mi violencia al verle entrar en “Jockey”. Cierto es que me saludó muy afectuosamente pero fue incapaz de mantener la mirada en toda la noche.

Desde aquel día, tuve por él el mayor de los desprecios aunque me prometió que inmediatamente sacaría a su madre de allí y se la llevaría a casa.

En “Jockey” también coincidí con otro famoso de la sociedad madrileña que había sido detenido y encarcelado por tráfico de drogas. El hecho de ir acompañado por amigos comunes, me impidió dar un espectáculo que no deseaba. Hacía pocos meses que yo había perdido a mi única hija víctima de la droga.