La mala suerte de los españoles en Nueva York

Ni don Juan Carlos ni Mariano Rajoy han cosechado el éxito que se esperaba durante su reciente estancia en Nueva York.

Del presidente del Gobierno solo ha quedado para muchos comentaristas su paseo por la 5ª Avenida fumándose un puro. Ignoro si con doble sentido.

De Su Majestad el rey, el artículo del New York Times incluido también en su edición internacional el Herald Tribune, sobre su inexplicable enriquecimiento y su crítica situación ante los españoles después del safari de Botswuana. Además los problemas judiciales de su yerno, Iñaki Urdangarin y “sus amores” con Corina “a quien la prensa rosa considera su amante desde hace años”.

Se trata de un golpe bajo del periódico norteamericano, después de la visita, para mi humillante ella, que el soberano les hizo. Quiso reunirse con el consejo editorial para explicarles lo equivocado que estaban, publicando unas imágenes negativas sobre España que, a juicio de don Juan Carlos, no respondían con la realidad.

Al diario neoyorquino no debió gustarle la explicación real que les dejaba en evidencia. En vez de rectificar, publicaron un informe vejatorio e insultante para el rey, ya que le presentan como un hombre preocupado solo por enriquecerse con un estilo de vida lleno de lujo.

Se atreven, incluso, de dar cifras sobre su fortuna personal, 1.790 millones de euros, lo cual es siempre peligroso. Ignoro que datos han manejado los autores del informe para precisar tal cifra.

Aunque hablan de una villa en Canarias, lo cual es cierto pero se trata de “La Mareta”, que el fallecido rey Hussein de Jordania le regaló, ¿incluyen también Marivent y el Palacio de La Zarzuela que pertenecen al Patrimonio Nacional? ¿Contabilizan el yate “Fortuna” en estas cantidades que, como sabemos le fue regalado por empresarios mallorquines? ¡Ay, ay! el siempre espinoso tema de los regalos.

El origen de la fortuna que posee proviene de las comisiones del petróleo de Arabia Saudita que, legalmente, se le autorizó a recibir por sus gestiones en la crisis de 1973 pero la opacidad sobre los dineros de Su Majestad impide conocer exactamente la cuantía. Rico, si que es. ¿Millonario? ¿Bimillonario? Difícil precisar cuando se especula sobre este tema, incluso en las listas de Forbes.

Pregunto, ¿de quién fue la idea de la visita al New York Times? ¿De don Juan Carlos, de Rafael Spottorno, de Javier Ayuso? Aunque la intención pudo ser buena, el resultado no ha podido ser más negativo para la imagen de Su Majestad.

Con respecto a la presencia de Mariano Rajoy en la ONU, ante una sala casi vacía (cierto es que en el sorteo le tocó la peor hora) ha sorprendido agotara parte de los veinte minutos de los que disponía para hablar… de Gibraltar español. Con lo que está cayendo, poco o nada les interesa a los ciudadanos lo del peñón. A este columnista, mucho menos. Pienso hoy más que nunca como mi padre. Según él, si Gibraltar hubiera llegado hasta Vigo otra hubiera sido la suerte de esta puteada España.

El presidente se olvida de aquella época, la suya, en la que por culpa de “Gibraltar español” generaciones de españoles, intoxicados con la campaña contra Inglaterra, decidieron no estudiar inglés. ¡Jódete capitán que no como rancho! Incluso don Juan Carlos, cuando era príncipe, no lo aprendió hasta bien tarde. Su padre, el conde de Barcelona, le hizo ver el ridículo de tal decisión. No tiene nada de extraño que ningún presidente español, incluido Rajoy, y muchos diputados no sepan hoy hablar el idioma de Shakespeare. Ni Suárez, ni Felipe González ni Aznar. Solo el cultísimo Leopoldo Calvo Sotelo.

A las palabras del presidente español en la ONU, el gobierno británico respondió lo de siempre: la solución del conflicto siempre pasará por la voluntad de los habitantes del peñón. ¿Convertirse en españoles? Ni de coña. Si yo pudiera, pediría la nacionalidad inglesa aunque fuera para ser un inglés de Gibraltar.