Quince años sin ella

El domingo, 31 de agosto de 1997, el mundo se quedó, durante unos segundos, mudo. Posiblemente porque ante la noticia, brutal e imprevisible, de la trágica muerte de Diana no encontró palabras más fuertes que el silencio.

El pasado viernes hizo quince años sin ella. También en silencio. Nadie podía imaginar que un pueblo tan flemático como el británico haya pasado, en tan poco tiempo, del histerismo de aquel día a la indiferencia del pasado viernes.

Porque el nombre de Diana, de la princesa de Gales, ha quedado escrito en el agua del olvido. Visto hoy, es difícil imaginar aquella muchacha que creyó haber encontrado, en 1981, al príncipe de sus sueños y lo que en realidad halló fue un infierno. Ante este doloroso descubrimiento, decidió buscar la felicidad viviendo peligrosamente y lo que encontró fue la muerte en la madrugada de aquel mes de agosto.

La dramática noche, el dilema estaba entre echar un polvo en la suite real del hotel Ritz de Paris, que no era un mal sitio, ó hacerlo en el apartamento que su amante Dodi tenía en los Campos Elíseos. Y, además, que todo el mundo se enterara. Sobre todo, los Windsor a quienes tanto odiaba.

Hace ya años que los ingleses prefieren olvidar las jornadas que precedieron a la muerte de Lady Di, cuando tanta gente hizo el ridículo.

La BBC reconocería, años después, el tremendo error que cometieron dejándose arrastrar por aquel histerismo colectivo. Solo la reina mantuvo la dignidad. Como siempre. También Tony Blair lo hizo, extralimitándose en sus funciones, al otorgarle el título de “princesa del pueblo”.

Avergonzado debe estar todavía el ex Premier británico de haber obligado a la reina Isabel a humillarse ante quien tanto daño personal e institucional le hizo, y exigiendo para esta desvergonzada y desgraciada muchacha hasta un funeral de Estado, cuando ya no pertenecía a la Familia Real. Tanto ésta como los británicos han tenido la caridad, un año más, de olvidarla.

Difícil definir lo que fue la desgraciada vida de Diana, una joven que se arrepentía de su pasado inmediato, el matrimonio con el príncipe Carlos, se aburría del frívolo y vacío presente que estaba viviendo y temía el futuro. Aunque ya no podría ser nunca la reina de Inglaterra, por su divorcio, siempre sería la madre del futuro rey que, en la monarquía, es una figura muy importante.

Todo fue terrible, muy terrible y dramático pero que a gusto se quedaron, ese día, Su Graciosa Majestad británica y toda la familia Windsor.

Años después, aquellos que lloraban histéricamente en el entierro de Lady Di, maldiciendo a la pobre Camilla, hoy se acercan a la consorte del príncipe Carlos para besarle la mano como si fuera una santa.

¡Si Diana levantara la cabeza!