Sólo tres tuvieron… lo que hay que tener

“Entrará en prisión lo justo para la foto”. Lo ha dicho Juan Echanove de Iñaki Urdangarin. Lleva razón. En este país y a pesar de las cada vez más abrumadoras pruebas en su contra, no hay valor para sentarle la mano al yernísimo real, ni mucho menos para imputar a la infanta. Ya lo dijo el juez Torres: “No quiero estigmatizarla”. ¡Vaya por Dios! Cristina o es tonta o es cómplice. Y como tonta no es, merecería ser llamada, al menos, como testigo. Porque saber, sabe. Y, al menos, coautora del delito es como todo aquel que se aprovecha.

De algunos de los sablazos de su marido , fue la cooperadora necesaria. ¿Quién sino ella le puso en contacto con la familia real jordana para ese proyecto de locos sobre el trasvase de las aguas del Mar Rojo que nunca se llevó a cabo?

Posiblemente, hasta don Juan Carlos pudo ser cooperador inocente de algunos de los pelotazos de Iñaki. ¿Qué padre no atiende la petición de una hija para que reciban a su marido? Ya sea el rey de Jordania, o los presidentes de las comunidades balear y valenciana.

Lo que Su Majestad ignoraba eran los fines de aquellos encuentros. A lo peor, soy un ingenuo. Cristina, no. Está la infanta tan implicada en la trama de Nòos que ha decidido seguir la suerte de Iñaki hasta más allá de la cárcel. Este verano lo ha demostrado enfrentándose, abiertamente, a su padre durante una breve estancia en La Zarzuela. ¿Para pedir clemencia?

El rey se negó a autorizar que Urdangarin acudiera a Marivent con el fin de disfrutar de las vacaciones junto a su familia. Ante la actitud real, la infanta no solo no viajó a Palma, como estaba previsto, por La Zarzuela, que lo hiciera junto a sus hijos, sino que ordenó a estos abandonar inmediatamente Marivent, donde se encontraban con su abuela, la reina. Posiblemente pensó que no debía ir donde a su marido no le quieren.

Como consecuencia de esta rebelde actitud, decidió viajar al país vasco-francés y disfrutar, públicamente, de las vacaciones junto a la familia de su marido. Eso sí, protegidos por una decena de escoltas pagados por el Estado y Telefónica. Sin poner impedimento a los reporteros para que los fotografiaran. No le importó aparecer comiendo de un tupper en plena playa y él un bocadillo de chorizo como vulgares domingueros.

Mientras, las pruebas, presuntamente delictivas contra el duque, se van acumulando. Las últimas, sus cuentas en Suiza y Luxemburgo y, esta semana, más operaciones irregulares, destapadas por el fiscal.

Sorprende que de las 43 empresas a las que sacó hasta 4.4 millones de euros con destino a Nòos, una fundación sin ánimo de lucro, ninguno ha comparecido como parte perjudicada en la causa penal. ¿Por qué será?

De todos a los que acudió en petición de dinero, sólo tres tuvieron cojones de negarse a pagar esta especie de “impuesto real”: un banco, una entidad gremial y una marca de zapatos.

Un empresario amigo mío con quien Urdangarin contactó en su misión recaudatoria, “exigiéndole” cien mil euros, no tuvo el valor de negarse. Alegó para ello que atravesaba una mala situación económica. Solo podía darle … tres mil euros. Cuando pensaba que no iba a aceptar tal “miseria”, el yerno de Su Majestad se limitó a decirle “si no puedes más …”. Menos da una piedra, debió pensar el duque y cogió los 3.000 euros. Lo de Iñaki era recaudar como fuera. Cualquiera le decía no al yerno del rey.

El daño que el marido de la infanta ha hecho a la Institución, al rey y a la Familia Real, es ya irreparable. Sólo don Juan Carlos puede salvar lo que queda de esta Monarquía. Los méritos del rey no son hereditarios.