Nadie quiere estar con nadie

Las vacaciones estivales como las de  la Navidad siempre ponen de manifiesto la existencia de los demonios familiares. Ya sea en la clase media, clase alta o en la Casa Real, donde habita lo que queda de la primera familia española.

Si en la pasada Nochebuena, sentados a la mesa del padre, solamente estuvieron los reyes, la infanta Elena y la princesa Irene, la diáspora de este verano ha dejado bien claro que de familia …. solo el nombre.

Nadie ha querido estar con nadie. Ni el rey con la reina; ni Cristina con su madre; ni Felipe y Letizia con su hermana; ni don Juan Carlos con su hija y menos con su yerno; los nietos, por parte de Cristina, dos días mal contados con la abuela y la infanta  Elena, ese verso suelto de la Familia, quien, como el Guadiana, lo mismo aparece un día en Marivent que otro en los Pirineos practicando el mountain bike con su secretario.

Este verano, como ningún otro, ha quedado bien claro que el matrimonio de don Juan Carlos y doña Sofía no solo no existe sino que tampoco se esfuerzan en que lo parezca. El soberano dejó bien claro que después de la estancia en Palma, por motivos institucionales y darse un paseo en el Fortuna, deseaba regresar a Madrid para tomarse una semana de vacaciones … solo en La Zarzuela.

Mientras, la reina en Marivent con la sola compañía de su hermana, la princesa Irene, esa tía solterona de todas las familias a quien, próximamente, dedicaremos la atención que se merece. ¿Qué sería de doña Sofía sin ella?

Antes venían todos los años a Mallorca Constantino y Ana María. Pero, de un tiempo a esta parte, a “los griegos” no se les ha vuelto a ver. Ni en Marivent y, mucho menos, en Madrid.

Cierto es que el rey nunca fue gran amigo de su cuñado aunque, en una época, intentó ayudarle. Pero el abuso del ex rey griego de esta amistad y la ruptura matrimonial de doña Sofía hicieron imposible la relación de los cuñados. Jamás se les ha vuelto a ver juntos.

Por el contrario, la consorte española ha buscado, viajando con frecuencia a Londres, el consuelo de su hermano a tanta afrenta y desprecio público que recibe del que todavía es su esposo. Como aquella vez en la que huyó a la capital británica tras sentirse humillada por una infidelidad real en el más amplio sentido de la palabra, a los pocos meses de la proclamación de don Juan Carlos como rey de todos los españoles.

Su actual vida es lo contrario a lo que ella quería. A pesar de todo, sigue enamorada. Sucede con frecuencia: amamos a quien más nos hace sufrir. Es su tragedia.