“Es la última vez que viajáis conmigo”

Los enviados especiales en el reciente viaje oficial del Rey a Rusia no se ponían de acuerdo sobre la última vez que la prensa española lo hizo en el avión real, formando parte del llamado “séquito informativo”.

Como siempre éramos los mismos, este columnista realizó más de cien viajes, el clima en el avión real era de relajada confianza. En esta misma columna yo recordaba, hace tiempo, una simpática anécdota sucedida al regreso de un viaje a Tailandia.

Nada mas partir de Bangkok, don Juan Carlos compareció ante nosotros lleno de una morbosa curiosidad. Quería saber cómo les había ido a las compañeras Carmen Rigalt y Queca Campillo en un salón de masajes donde se habían ocupado con dos jóvenes y bonitas masajistas. Se quedó con las ganas. Ninguna de las dos soltó prenda.

El uso y abuso de aquella confianza rompió la entrañable relación entre el soberano y la prensa, decidiéndose que los periodistas no viajaríamos nunca más en el mismo avión. Hasta ahora.

Dos sucedidos, convertidos en polémicas noticias, alteraron aquella magnífica convivencia. La primera, después de una visita de Estado a Arabia Saudita. Nada más despegar el avión de Ryad, fuimos convocados a un briefing. En presencia del Rey y del ministro de Asuntos Exteriores. Un “príncipe” de la familia real saudí anunció que habían decidido, con motivo de la visita de don Juan Carlos al país, regalar todo el petróleo que España necesitara.

La “noticia” era de primera si hubiera sido verdad. Pero no existía tal ofrecimiento ni el “príncipe” era tal sino un miembro del séquito de don Juan Carlos disfrazado de árabe.

Todos picamos. Hasta que el marqués de Mondéjar, Jefe de la Casa de Su Majestad, nos explicó que se trataba de una broma. Era mejor no comentarla.

Pero un periodista del séquito informativo, lo recogió para su periódico y se armó la de dios es cristo. Su publicación obligó a una excusa diplomática.

No recuerdo si aquel incidente fue el detonante para que la prensa no volviera a volar en el avión real ó fue el principio.

Más grave sería lo sucedido en Indonesia, incluido en el viaje a Kuwait, Japón y Qatar. Fue un día 2 de noviembre, cumpleaños de la reina. Escenario, el salón de la embajada española en Yakarta, donde Sus Majestades ofrecían la tradicional recepción a la colonia española, en este país muy escasa.

Mientras esto sucedía, a Pérez Llorca, ministro de Asuntos Exteriores, no se le ocurrió otra cosa que organizar, en un rincón del pequeño salón, una rueda de prensa.

De repente, don Juan Carlos, cabreado por aquella situación tan poco respetuosa diplomáticamente hablando, dejó a sus interlocutores con la palabra en la boca y dando grandes zancadas se dirigió hacia la salida con la cólera real reflejada en el rostro y en la voz.

Al pasar junto a Pepe Oneto y este columnista, que no habíamos participado en aquel inoportuno briefing, nos gritó llenos de ira: “¡Esto no se me puede hacer a mí! ¡Es la última vez que viajáis conmigo!”. No nos dio tiempo a explicarle que, como había podido ver, no estábamos participando en el desaguisado antiprotocolario.

Sin detenerse, caminó hacia la puerta del salón, seguido de la pobre doña Sofía que le suplicaba: “¡Juanito! ¡Juanito!”. “¡Ni Juanito ni hostias!”, fue su respuesta antes de dar un portazo y subir al coche para regresar a la residencia oficial en Yakarta.

El marqués de Mondéjar, de nuevo, rogó no se comentara. Pero Pablo Sebastián lo recogió en su crónica para el periódico del que era enviado especial.

Por esto y por lo otro, por lo otro y por esto, la amenaza real se cumplió.

Hay que reconocer que fue totalmente injusto. Las reclamaciones debían haber sido al ministro. Pensó que, aquel día, se había jugado su carrera. Tan deprimido se quedó que una comisión de enviados especiales, entre ellos Pilar Cernuda, Pepe Oneto y quien esto escribe, intentó mediar ante Su Majestad.