¿Qué me vas a poner en la dedicatoria?

Esta pasada semana el príncipe Felipe y su inefable esposa, Letizia, inauguraron, en el Parque del Retiro, la tradicional Feria del Libro de Madrid.

El columnista, como autor, ha tenido que pasar por el tormento de acudir a dicha feria para firmar su último libro: “Los divorcios reales” (Ediciones B).

Durante sábado y domingo he estado expuesto, como un mono de feria, en una pequeña caseta a la curiosidad del público (¡mira, el de la tele!) y del lector interesado en comprar mi libro.

El escritor nunca ha sido hecho para soportar no solamente la voluntad del editor y la curiosidad del lector sino, incluso, su capricho. Porque firmar es ponerse en estado de hipnosis para escribir la dedicatoria en un lenguaje hipnótico e, incluso, a la medida del comprador.

Se trata de un tormento no solo literario sino físico. Durante horas, te ves obligado a garabatear, en la página de respeto del libro, la dedicatoria que ya tienes preparada. Menos si el lector te la pide a la medida: “es para mi esposa”, “es para mi madre”… Lo peor es cuando te advierten : “Tengo dedicados varios de sus libros”. En ese momento el autor se pregunta: “¿qué le pondría a este lector en los anteriores?”. Porque no falla: “oiga, que es la misma dedicatoria que la del último libro.”

En ese momento, uno no puede por menos que acordarse de Fernando Fernán Gómez: “Váyase usted a la mierda”. Pero como uno es muy bien educado y agradece la deferencia de haberte comprado el libro, solo lo piensa y sonríe, lamentando no haber acertado una vez más. ¡Vaya por dios!

Lo peor es cuando una lectora te pide que la dedicatoria sea muy cariñosa. Le sucedió al desaparecido José Luis de Vilallonga, quien, ante tal sugerencia, no se le ocurrió otra cosa que escribir la siguiente: “A fulanita, en recuerdo de la noche de amor y pasión vivida en el Parador de Toledo”. La señora, indignada, le tiró el libro a la cabeza, al tiempo que decía: “Esto es una grosería. Yo nunca he estado en ese parador y menos con usted.”.

El pasado domingo, mientras firmaba en la caseta de El Corte Inglés, un lector me pidió que la dedicatoria fuera la que ya llevaba escrita en una cuartilla. Mientras la copiaba, de nuevo me acordé de Fernando Fernán Gómez.

Cuando los que se acercan a ti son dos o tres amigos o amigas y cada uno compra un libro, tienes que espabilar porque, invariablemente, se produce un intercambio de dedicatorias: “¿Qué te ha puesto a ti?”.

Lo más sorprendente sucedió cuando una joven, no solo pidió que le dedicara el libro a su madre sino que me pasó el móvil para que la consolara porque se había quedado viuda hacía tres meses.

Y lo más surrealista: un lector que me había contado su vida, mostrando incluso fotografías junto a los reyes, decidió interpretar, con una gigantesca armónica y ante el estupor de este autor, de Preston y de Mendoza, que firmaban en la misma caseta y del público agolpado … el Himno Nacional.

En este caso no me acordé de Fernando Fernán Gómez, que también, sino de catalanes y vascos en el estadio de Vicente Calderón.