De Carmen a Manuela: suegra y nuera en su día

A punto de cumplir cien años, ha fallecido, en su palacio de Roma, Manuela Dampierre, la vieja dama que, a lo largo de su vida, fue mujer dos veces casada, dos veces divorciada, anulada, amancebada y viuda de un infante de España, don Jaime de Borbón.

Aunque creyó que casándose con el hijo de Alfonso XIII se convertiría en princesa o infanta, por vía de matrimonio, “mi padre, el rey decidió que nunca debería darse rango real a Manuela y, por tanto, a sus posibles descendientes. Para ello, se inventó el ducado de Segovia y el tratamiento de excelentísima para ella”, contó el conde de Barcelona.

Como consecuencia de ello, Alfonso y Gonzalo, los dos hijos de aquel extraño matrimonio, nunca fueron ni infantes ni príncipes. Solo excelentísimos señores. Como su madre.

Esto le amargó la vida, sobre todo, a Alfonso de Borbón Dampierre, el gran conspirador contra su primo hermano Juan Carlos. Siempre se creyó con más derecho y legitimidad para ser rey de España. Según él, su padre, el infante don Jaime, era el mayor de todos los hijos de Alfonso XIII, una vez que Alfonso, Príncipe de Asturias, renunciara a todos sus derechos para casarse con la cubana Edelmira Sampedro y falleciera poco después.

A pesar de ello, el día que Alfonso se casa con Carmen Martínez Bordiú, la nietísima de Franco, lo hace como “Príncipe Alfonso”, según rezaba en los comunicados emitidos desde el Palacio de El Pardo.

Ello obligó a don Juan a poner los huevos, por primera y única vez, sobre la mesa del despacho del generalísimo, para advertirle que príncipe, en España, solo había uno, el Príncipe de Asturias. Franco le escuchó en silencio y su nieta se casó con… el príncipe don Alfonso.

La relación entre Carmen y su suegra doña Manuela nunca fue buena. Sobre todo, a partir de la crisis matrimonial de los duques de Cádiz, título que el general les concedió “a petición” del príncipe Juan Carlos con el tratamiento añadido, gratuitamente, de Alteza Real.

Cuando Carmencita abandonó a Alfonso y a sus hijos Fran y Luis Alfonso, para irse a vivir a París, junto al anticuario Jean Marie Rossi, su suegra la insultó públicamente tachándole, incluso de “ninfómana”, olvidando que ella había hecho exactamente igual.

Como su nuera, se había casado con un Borbón a quien abandonó, al igual que a sus dos hijos Alfonso y Gonzalo, para casarse con un rico agente de bolsa, Antonio Sozzani. “El le ofreció la seguridad financiera de la que carecía”, a juicio de su hijo Alfonso.

Al igual que hiciera Carmen con el anticuario porque “era un señor que tenía menos problemas que yo y se mostraba más apto para divertirla”, como reconoció el pobre duque de Cádiz en sus memorias.

Las dos, suegra y nuera, se divorciaron de sus segundas aventuras porque se habían enamorado de un abogado italiano, Federico Astariti, una y de un arquitecto italiano, Federicci, la otra.

Como el lector advertirá, no ha habido dos vidas más paralelas que la de Carmen y Manuela, por lo que lo de “ninfómana” sobraba.

Tampoco como madres fueron, ninguna de las dos, un ejemplo. Las dos abandonaron a sus hijos cuando se separaron de sus respectivos maridos. Los de Carmen, afortunadamente, se quedaron con su padre; los de Manuela, Alfonso y Gonzalo, les internaron en un colegio de la Suiza alemana. “Fuimos lanzados a un mundo frío, impersonal y cruel, abandonados de todos aunque fue mi abuela, la reina Victoria Eugenia, quien pagaba el colegio”, recordó el pobre Alfonso.

Si Carmencita perdió a uno de sus hijos, Fran, en un accidente de coche, Manuela, a punto estuvo de perder a los dos en otro grave accidente de coche, cuando regresaban de Inglaterra a Suiza en un 600.

Para que sus vidas fueran más paralelas, el infante don Jaime fallecería en trágicas circunstancias: el ex de Manuela de un botellazo que le propinó, en 1973, Carlota Tiedeman, con quien se había casado en 1970; el ex de Carmen, decapitado, en un accidente de esquí en las pistas de Colorado, en 1982.

Frivolidades y desgracias en las vidas de quienes, un día, fueron suegra y nuera. Nada que reprocharse.

De todas formas y como escribe Begoña Aranguren, la autora de las memorias de la Dampierre, “se trató de una mujer suficientemente denostada en su vida como para continuar la caza más allá de la muerte”.

Ítem más: Manuela nunca perdonó a Carmen, como tampoco a don Juan, el padre del rey, dos personas que, a su juicio, habían hecho mucho daño a su hijo. Tampoco a su propia madre, la princesa Victoria Rúspoli que la condenó a un matrimonio desgraciado con un alcohólico, mujeriego y obseso sexual. Genéticamente, un Borbón.