Mis años con Encarna

“Temblad, pedazo de sinvergüenzas”

Estos días, aprovechando una serie en Telecinco, una buena serie por cierto, los platós de casi todas las cadenas, así como revistas y periódicos, se han reconvertido en auténticos quirófanos donde se diseccionaba, de la forma más descarnada, la imagen, la memoria y la vida íntima de Encarna Sánchez, la más famosa locutora de radio de todos los tiempos. Con ella colaboré durante diez años, en su programa de la tarde, en la COPE, cadena en la que brillaba de forma espectacular.

Aquellos años supusieron para mí toda una heroicidad. Incluso superior a la de convivir con la propia esposa. No fueron años felices. Encarna no lo era. Su vida, tampoco. Aunque procuraba llevar con discreción su apasionada intimidad, aún a costa de su estabilidad emocional, nunca quiso asumir públicamente su sexualidad. Mientras la vivió, esta le produjo los placeres más falsos. Las rupturas con aquellas parejas, los dolores más verdaderos.

Encarna tuvo incluso la desgracia de morirse en Viernes Santo, con Cristo muerto y todo dios de vacaciones. Eran las 4 de la madrugada del 6 de abril cuando fuertes golpes sonaron en el portón de mi casa, perdida en los montes de Toledo. No era el lechero sino una pareja de la guardia civil. Habían recibido la orden de Madrid de buscarme para comunicarme la muerte de Encarna Sánchez.

Encarna Sánchez era una mujer inculta, sin estudios pero tenía el don divino de la palabra. Con ella cubría el mal de su cólera como comunicadora justiciera. Las palabras salían de su boca como la flecha del arco para clavarse en el corazón de sus víctimas. Siempre con la palabra exacta, la palabra justa (ó injusta) para el fin que pretendía.

Genio y figura hasta la muerte. Mucho debía ser su dolor cuando, casi agonizando, se negó a aceptar su final, recuperando, por unos momentos, toda la fuerza y coraje que le quedaba para grabar lo que sería el último grito del cisne antes de entrar en un silencio de muerte. “Lo hago para estar muy pronto con todos vosotros. Volveréis a sonreír. Volveréis a mi encuentro para decir, con toda la valentía del mundo, a los charlatanes que quieren ganarse el pan con el sudor de mi frente TEMBLAD PEDAZO DE SINVERGÜENZAS”.

A lo largo de diez años de intensa colaboración con ella, fui testigo de las guerras que mantenía contra políticos, empresarios, artistas que no eran de su cuerda y cantantes que la habían abandonado. Cuando yo intentaba mediar, siempre me cortaba tajante: “las palabras no están hechas para cubrir la verdad sino para decirla”. Todavía recuerdo los crueles ataques a Vera y a su suegro, el ferretero; al hoy marido de una muy conocida periodista, entonces su pareja; a una locutora como ella y a todo aquel ó aquella que osaban no ya criticarla, nadie se atrevía, sino a disentir de sus campañas radiofónicas. No era una persona agradable, aunque conmigo no tuvo nunca un mal gesto ni una palabra más alta que otra. Ya quedó claro el día que vino a mi casa a contratarme. Y lo respetó. A pesar de que el último año de su vida fue más que terrible, horroroso. “No le digas a nadie que me estoy muriendo”, me suplicó. Lo único que la mantenía viva era el micrófono. Todavía recuerdo, con tristeza, aquellos días en los que venía directamente del aeropuerto al estudio, tras recibir tratamiento en Suiza, con su cabeza cubierta con un sombrero para ocultar los estragos de la quimioterapia. Pero era ponerse delante de la “alcachofa” azul de la COPE y renacer de sus propias cenizas en las que se estaba convirtiendo su vida físicamente hablando.

Demandas, querellas y pleitos los tuvo aunque no tantos como hubiera merecido por sus despiadados ataques. Sabía cubrirse aunque no siempre de forma correcta y ortodoxa. Presumía no solo de saber de sus enemigos sino que éstos supieran que ella sabía. Cuando murió, me dejó solo ante el peligro, una “herencia” de cincuenta millones de pesetas, resultado de una querella que perdimos incluso en el Supremo. Pero ella ya no estaba. Conscientes de que la culpa no era mía, quienes ganaron me la perdonaron. Incluso las costas.

¿Dónde está su fabulosa fortuna amasada con métodos no exclusivamente profesionales? Es absolutamente incierto que Isabel Pantoja la arruinara, económicamente hablando. Afectivamente, sin duda. En este terreno, el de los dineros, Isabel demostró no ser inteligente ni calculadora ni ambiciosa ni fría. Cuando se produce la ruptura de aquellas relaciones, digamos que “amistosas”, la cuenta atrás de su vida ya había comenzado. De haber mantenido “la amistad” solo unos meses más, Isabel hubiera sido la heredera universal de la gran fortuna de Encarna quien, hasta la hora de su muerte, la estuvo llamando, según su amiga Carmen Jara. Lo que ha sorprendido estas semanas es que, quienes se enriquecieron, no hayan defendido su memoria. No me refiero, tan solo, a su heredera Clara Suñer.