La humillación de una Infanta

Ignoro hasta donde aguantarán. No solo él sino también ella. Cierto es que, cuando se contrae matrimonio, se acepta, al menos ese día, quererse en la salud y en la enfermedad, en la suerte y en la desgracia pero, sobre todo, en la riqueza y en la pobreza hasta que la muerte o el divorcio separe.

Estos días se habla, se escribe y se especula mucho como afectará el terrible escándalo Urdangarin a la relación de éste con la infanta Cristina. Que no solo es su esposa sino también socia, vocal en algunas de las empresas, con las que se enriquecieron.

A pesar de ello, se desconoce hasta donde alcanza el conocimiento que de la actuación, presuntamente delictiva, de su esposo tenía la infanta. El hecho de que su firma aparezca en algunos documentos no significa nada. ¡Cuántas esposas firman, a petición del marido, papeles sin leer y sin preguntar!

Concediendo a Cristina el beneficio que no perjuicio de la duda y, sobre todo, la presunción de su inocencia, a pesar del pensamiento de Heráclito “de que este es un mal sagrado”, que lo es, sospecho que el escándalo, a la larga, puede afectar la relación de la pareja. Como el ictus de Marichalar a su matrimonio con la infanta Elena.

Nadie ha puesto en duda, este periodista tampoco, que la boda de los duques de Palma fuera por amor, un gran amor. ¿Le impidió esto sospechar que el enriquecimiento de su marido era ilegal?

A raíz de la compra del palacete de Pedralbes, ¿se preocupó? ¿Le preguntó en algún momento? ¿Le advirtió? Si así pudo ser, los reproches son obligados. A lo peor, incluso, mutuos.

La prensa ha destacado estos días el sufrimiento de la infanta. Sufrimiento que la mantiene encerrada entre las cuatro paredes de su mansión de Washington de la que no sale ni para comprar el pan.

Ya se sabe que el sufrimiento reside en el hecho de no poderse evadir ni un momento de sí mismo. Y, además, el sufrimiento tiene memoria. No hay nada como sufrir para recordar. Pero con una terrible sensación: el recuerdo de los años felices ya no aportan felicidad sino dolor.

Hoy hemos sabido que, ante la orden del juez de registrar las sedes de las empresas desde las que se habían cometido presutamente, acciones delictivas, Iñaki intentó evitar, en el último momento, una terrible humillación para su esposa cuando supo que el juez había ordenado el registro de las sedes de las empresas desde las que se habían cometido, presuntamente, actuaciones delictivas.

Porque aunque parezca increíble, el duque de Palma tenía fijado el domicilio social y fiscal de la empresa Azoon en su propia residencia del palacete de Pedralbes, el de los seis millones de euros.

Cuando supo que la llegada de la policía judicial, tantos como ocho, era inminente, trasladó a toda prisa la sociedad al número 224 de la calle de Balmes, el mismo donde radica el Instituto Nóos.

¿Se imaginan la humillación que para la infanta hubiera supuesto ver a la policía judicial registrando, como suele hacer cuando tienen orden de ello, sus armarios, los cajones de su mesa de despacho, su dormitorio, en suma, su intimidad?

Nunca en la historia de la monarquía española se ha visto a una infanta de España tan humillada. Es de desear que este “ictus” empresarial no acabe con el matrimonio.