Yo fui víctima de Paesa

Que el marqués de Villaverde se querellara contra mí por la publicación de las imágenes de la agonía de Franco, era lógico. Se trataba de la violación de la intimidad más sagrada de un ser humano: su muerte.

Cierto es que este periodista no había sido el autor de las fotografías. Fueron hechas por el propio marqués. Por ello, tenía todo el derecho a verme sentado en el banquillo. Aun así, fui absuelto con todos los pronunciamientos a mi favor.

Pero que un hombre tan turbio y siniestro, como Francisco Paesa, doble agente del felipismo, presunto narcotraficante, presunto falso diplomático y presunto estafador, me sentara en el banquillo, pidiendo cincuenta millones de las antiguas pesetas y cinco años de cárcel, resulta, hoy, increíble.

Como increíble es su presunta muerte en Bangkok, en julio de 1998, con esquela incluida, y su sorprendente primera resurrección en París, en el 2004, y la segunda estos días en Sierra Leona, tras un largo letargo ó hibernación.

Todo esto me ha recordado mi triste experiencia vivida por culpa de un individuo que me tuvo procesado más de dos años.

¿Qué delito había cometido para que el juez me tratara como un delincuente? “Un presunto delincuente, señor Peñafiel. Si usted hubiera tenido en cuenta la presunción de inocencia del señor Paesa, no se encontraría en esta situación judicial”.

Cierto es. Porque cuando escribí en mi habitual columna dominical en El Mundo un artículo sobre Dewi Sukarno, con quien el individuo en cuestión mantenía un apasionado romance, me referí a él como el caballero español y estafador que pretendía estafar a la viuda del dictador indonesio casándose con ella.

Según el juez que me procesó, tenía que haber escrito “presunto estafador”. Para mayor desgracia, el abogado de Paesa era Cobo del Rosal, un antiguo compañero mío en la Facultad de Derecho de Granada.

El magistrado del Juzgado de Instrucción de Madrid me tuvo un año procesado, en libertad bajo fianza de varios millones y obligándome a formar parte de esa cuerda de presos en libertad que se forma en los Juzgados para demostrar, con su firma, que no se han fugado.

Humillante era coincidir todas las semanas en la cola de los Juzgados de la Plaza de Castilla, con quinquis, estafadores, ladrones, violadores y maltratadores.

Esto duró hasta que esa gran abogada que es Cristina Peña, no solo me evitó seguir por ese calvario, logrando que pasara directamente al despacho de la secretaria del juez que me tenía procesado, para que estampara mi firma sino que también fuera absuelto, por los pelos, pero absuelto.

Por todo ello, cuando supe de su “muerte”, no lo celebré. Siempre creí que era presunta y que el presunto muerto gozaba de buena salud. Lamentablemente, su resurrección fue tan verdad como lo de estafador. Como no me fío de él, digamos que… presunto, presunto muerto y presunto vivo.