En el culo de la hija de Franco

Una prueba muy elocuente de que el rey don Juan Carlos se encuentra en buena forma física es que, aprovechando el puente de Todos los Santos, se fue a cazar a la finca La Encomienda, en Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real).

Se trata de un coto de 17,295 hectáreas que gestiona Parques Nacionales. Aquí fue donde Franco batió todos los récords cobrando en una sola jornada más de mil perdices.

Este coto pasará a la historia por ser el escenario de la última cacería del franquismo. Era el día que sobre Madrid y España entera se cernía un viento de esperanza para muchos y de inquietudes y de ansiedades para otros. A Franco le acababa de dar aquel jamacuco, en forma de insuficiencia coronaria aguda, principio del fin de cuarenta años de dictadura.

También será recordada Santa Cruz de Mudela por un suceso que pudo ser trágico pero, afortunadamente, solo quedó en un gag propio de una película cómica del genial Charlot.

Fue en un ojeo de perdices para el que los cazadores solo utilizan cartuchos de perdigones del 12 ó del 16. De haber sucedido en una montería, donde se dispara con bala ó postas, el resultado hubiera sido otro, mortal de necesidad.

Era una de las primeras cacerías del caudillo a las que asistía Manuel Fraga, por entonces recién nombrado ministro de Información y Turismo. Como todo cazador primerizo, no le faltaba un detalle en su atuendo cinegético.

Quienes recuerdan aquel día dicen que parecía el maniquí reclamo de un establecimiento de artículos de caza y pesca. Por no faltarle no le faltaba ni la pluma en el tirolés.

Es el propio afectado, que mucho debió de estarlo aquel día, quien relataba como ocurrió y, aunque sin tener por qué dudarlo, pienso que lo hizo a su manera en “Memoria breve de una vida pública”.

Según él, aquel 1 de febrero de 1961, que era sábado, había sido invitado a una cacería de perdices en Santa Cruz de Mudela. Como era primerizo, se olvidó comprar pantallas como es habitual entre los cazadores de perdices. “Aquel día tuve la desgracia de darle un plomazo en salva sea la parte a la marquesa de Villaverde. Una perdiz baja, que pasó entre los dos, dio lugar al monumental error”, cuenta Fraga. Pudo ser mucho peor porque Carmen Franco estaba, además, entre su padre y Fraga.

Como es de suponer, siguieron unos minutos indescriptibles. “Debo decir que la actitud de ambos ante mi lamentable gafe fue ejemplar, de generosidad y buen estilo. Me compré un juego de pantallas y no volví a plomear a nadie”.

Esta es la versión que del accidente da el propio Fraga. Pero según testigos, la reacción de Franco no fue de tan “buen estilo y generosidad” sino sentenciosa y fría como todo lo suyo. Exactamente dijo: “¡Quién no sepa cazar, que no venga!”. Cierto es que también pudo haberle destituido.

Lo que no se sabía y nos lo descubrió el propio Manuel Fraga con el relato del hecho, es que, ese día, el accidente por él protagonizado, como autor del disparo, podía haber cambiado el curso de la historia, con un involuntario “magnicidio”. Lo mismo que le dio el tiro a la hija, se lo podía haber dado al padre que también lo tenía “a tiro”, como reconoce don Manuel.

¿Se lo imaginan? Gritos de la marquesa con el culo como un colador, sangre, voces pidiendo la presencia de Vicente Gil, el médico personal del general, que no se apartaba de su lado, acompañándole en todos sus desplazamientos.

Esta es la breve historia del coto de caza al que ha acudido el rey don Juan Carlos y que también lo hace, de vez en cuando, su hija la infanta Elena, tan buena cazadora como su padre. ¿Qué fue de aquellas escopetas que, según se dijo, le regaló el príncipe a Letizia? ¿Las ha utilizado alguna vez?