Hoy vamos, nuevamente de boda

Es la cuarta vez que, en poco más de un año, empleo este titular en mi columna. La primera fue con motivo de la princesa Victoria, heredera del trono de Suecia; la segunda, la del príncipe Guillermo, heredero del heredero de Gran Bretaña y la tercera, la del príncipe soberano Alberto de Mónaco.

Todas ellas consideradas “bodas del año”. No en balde se trataba de matrimonios reales: hija de rey reinante, nieto de la reina más reina del mundo y soberano, aunque lo sea de un país de cuento y de cuentos.

Boda no “del año” sino del siglo, la de hoy. Ni en cien años hemos visto ni veremos en otros cien casarse, a los 85 años, a la duquesa más duquesa con un joven de 60.

Si polémico ya fue su segundo matrimonio con Jesús Aguirre (impactante aquel titular de “la duquesa de Alba se casa con un cura”), ésta mucho más mediática. Por varios motivos: primero, la negativa de los hijos a aceptar, con toda la razón, la boda de su madre con Alfonso Díez, un modesto funcionario 25 años más joven.

Segundo, por la proliferación de programas del corazón en las decenas de canales que antes no existían y que han entrado a saco no solo en la vida de la duquesa sino, también, en la del funcionario.

Tercero, por los movimientos económicos que Cayetana ha tenido que hacer, anticipando el contenido de su herencia, convirtiéndola en donaciones, para conseguir casarse sin la oposición de los seis hijos.

Este columnista que ha vivido la historia sentimental desde sus inicios, puede dar fe que se trata de una boda por amor. En lo que a Cayetana se refiere. Amor por el hombre con quien se casa.

Lo de Alfonso Díez, también es amor pero no con la mujer que mañana contrae matrimonio sino por el mito del que está enamorado desde hace treinta años. Y ya se sabe, que los mitos no envejecen como tampoco el amor.

Lo más importante para Cayetana es que  se casa no solo con el consentimiento de sus hijos sino con la “bendición” del rey, a quien la duquesa solicitó, como la más leal súbdita que es, la preceptiva autorización real. Y, además, presentándole a su novio.

Sorprende que, hace poco más de un año, Carlos, el duque de Huescar y futuro duque de Alba recurriera a Su Majestad en un desesperado intento, muy lógico el, de que, con su mediación, se evitara la locura que su madre iba a cometer. Pero si don Juan Carlos no había podido impedir que su hijo contrajera matrimonio con quien no debía, ¿cómo iba a convencer a la duquesa que no lo hiciera?

Sé que el rey se limitó a recibirla para decirle, con esa campechana simpatía: querida Cayetana ya no estamos para estos trotes. Poco más o menos esto.

Vive dios que los dos están: la duquesa y su majestad.

Y como en toda boda real, esta lo es, el vestido de la novia, obra de Vitorio y Luchino es el secreto mejor guardado, que solo se desvelará mañana. Lo demás … se conoce todo. No ha habido boda más mediática que la de Alfonso y Cayetana.