Franco pagaba muy mal a sus generales

La pasada semana, Francisco Franco, el nieto, autor de un libro sobre su abuelo, intervino en el programa de Telecinco “Sálvame” para desmentir algo que yo había dicho, a propósito de lo mal que el dictador pagaba a sus generales.

Francis cogió el rábano por las hojas negando tal cosa: “No era él quien les pagaba”, puntualizó el nietísimo.

Por supuesto, que no lo hacía de su bolsillo, querido. Pero él, como Jefe del Estado era responsable de las bajísimas pensiones, no sólo de los militares sino de todos los españoles.

Sorprende que tenientes generales que le habían ayudado a ganar la guerra se jubilaran con cantidades tales como 3.333 pesetas el teniente general bilaureado García Escámez. Y por el mismo estilo otros muchos, entre ellos Mola, almirante Moreno, Queipo de Llano…

El brillo y número de sus estrellas no se correspondía con sus emolumentos. Ya se sabe que el general Franco no fue demasiado generoso, económicamente hablando, con sus compañeros de armas, sus colaboradores en las hazañas bélicas.

Convertirlos en laureados era la recompensa, el pago que, en más de un caso, recibieron por los servicios prestados muchos generales y almirantes claves en la sublevación militar contra el gobierno de la República. Todos ellos fueron despedidos, a su muerte, con grandes honores.

Lo malo fue lo que les deparó a sus viudas y huérfanos. A ellos les tocó la peor parte: una pensión de viudedad verdaderamente exigua. Esta fue la única herencia que les quedó a mujeres y niños. De la noche a la mañana tuvieron que pasar a hacer aún más números de los habituales para llegar a fin de mes y poder salir adelante del trance que les había tocado en desgracia.

Sus pensiones no daban para mucho. De excelentísimas e ilustrísimas señoras, con todo el prestigio social que ello conllevaba, pasaron a engrosar la larga lista de modestas viudas.

Lo que el nieto no me podrá negar es que, acosadas por necesidades económicas, estas viudas e hijos de militares y de relevantes políticos franquistas, pidieran a Franco una ayuda económica.

El general lo solucionó concediéndoles una administración de lotería ó un estanco, a modo de medallas póstumas para sus maridos y padres.

Tras “La Pajarita” y “La Chata”, establecimientos de gran tradición lotera, de obligada visita para los aficionados a los sorteos, se encuentran apellidos tan conocidos como los del ya citado capitán general García Escámez ó del general Juste.

Estimado Francisco Franco, Francis para la familia y los amigos entre los que no me encuentro, sería bueno que lo supieras en caso de ignorarlo. Por ello lo cuento.